X
nombre y apellido>

Joanjo García – Por Luis Ortega

   

Este joven novelista (1977) se sumó a los autores que, con distintas ópticas e intereses, trataron el 23-F de 1981, hecho vergonzante que achicó el episodio del caballo de Pavía. Ganó el Premio Enrique Valor, concedido por la Diputación de Alicante, con Quan caminàrem la nit, que discurre en las horas del tejerazo, que puso bajo sospecha a la joven democracia. Los protagonistas y los hechos se suceden en la Valencia tomada por Milans del Bosch y contienen una dura crítica de jóvenes comprometidos hacia la generación de la Transición. Escrita en valenciano, y a editar por Bromera, será el último libro que compre sobre un suceso que, transcurridos treinta y tres años y con cien títulos a cuestas, tiene más zonas de sombras que luces y cada vez, lo afirmo por experiencia cercana, importa menos a los chicos que lo ven como las Navas de Tolosa y sienten la monarquía -cuya actuación fue tratada como providencial entonces- como una mera entidad protocolar. Cuando tocan tareas de orden en el sitio de estudio y trabajo, un pesado lote de relatos, fabulaciones, excusas y paridas de todo tenor, aparenta, como las personas, haber engordado con la edad. Ahí están relaciones y opiniones de todo signo. Francisco Mora, pionero del asunto en 1982, y el difunto Armada, presunto Elefante Blanco, que madrugó en publicar sus vacuas memorias un año después; Julio Busquets, Miguel Angel Aguilar, Ignacio Puche, Rosa Villacastín, María Beneyto, Ricardo Cid, Joaquín Prieto y José Luis Barbería Francisco Medina, Diego Carcedo, Martínez Alemán, Alonso Pinilla, Jesús Palacios, José Oneto, Javier Cercas, Pilar Urbano, Gil Sánchez Valiente, Manuel Soriano, Pedro de Silva, Manuel Cuenca, Ricardo de la Cierva, Juan Blanco. Aparecen testigos bajo sospecha, cuando menos de omisión: Martínez Inglés, Javier Calderón, exdirector del CESID y Florentino Ruiz, coronel a sus órdenes, coautores de lo que llamaron “una historia mal contada”; Juan Alberto Perote, un agente traidor que no dejó títere con cabeza en el Servicio de Inteligencia; confesiones de parte, de Pardo Zancada y José Ignacio San Martín, responsables de la División Acorazada Brunete y condenados en el proceso y, sensu contrario, Javier Fernández López, capitán de ingenieros en 1981 y que vivió aquellas horas bajo el temor de las represalias por sus ideas aperturistas. El general Sabino Fernández Campos, a quien tuve el honor de conocer, me aconsejó que no leyera nada nuevo sobre aquel infausto día, porque podría ocurrirme como a él, que cada vez entendía menos lo que pasó. ¡Cuánta razón tenía!