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Joaquín Sorolla – Por Luis Ortega

   

Con apenas 17 años descubrió las posibilidades del mar como argumento y demostró que su técnica – solución compositiva, seguridad dibujística y colorido – era comparable a la de los maestros paisajistas que descollaron a partir del siglo XVII, Una marina de 1880, cuya gracia, finura y pulcritud recuerdan los logros de un Canaletto (temáticamente actualizado) abrieron los horizontes de la pintura a la inagotable naturaleza. La placidez de la escena marítima es el punto de partida para su itinerario por el Mediterráneo, radiante y sombrío, y por el Cantábrico, iracundo y sosegado para disfrute de la alta sociedad de los principios del siglo XX. Huérfano desde los dos años y con una temprana vocación por el arte, el valenciano Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923) compartió estudio con el escultor Mariano Benlliure y los pintores Pinazo y José Vilar; participó en los certámenes nacionales – plataformas imprescindibles para la promoción personal – con cuadros de historia y presentó con timidez, y complicidad territorial, algunas marinas que le permitieron viajar y vivir en Madrid y admirar y copiar a las grandes firmas del Museo del Prado. De una etapa de ajustado realismo, con presencia y premios en concursos regionales, pasó a seguir los pasos de los pintores coetáneos – Sargent, Boldini y Zorn – y sus primeros admiradores lo adscribieron, sin demasiadas contemplaciones, al estilo impresionista. Con su residencia en capital de España, donde había ganado una extraordinaria clientela que pagó sus altos honorarios por retratos y temas de costumbres, también logró una gran acogida de público y crítica en París y Roma donde pasó provechosas estampas. Distinguido con todos los honores posibles en su provincia, nombrado profesor y Académico de la Real de San Fernando de San Fernando, los franceses calificaron su procedimiento como “luminista” y fue, sin ninguna duda, el artista español más reconocido y valorado de su tiempo. El color del mar, el regalo temporal de Caixabank a Santa Cruz de Tenerife, recién clausurado, recoge una selección de piezas de su museo madrileño de la calle Martínez Campos, con algunas obras fundamentales donde se revelan sus mejores facultades y un repertorio de todos los estados y temperaturas del mar que, si bien lucen en toda su plenitud en los formatos medios, adquieren carácter de pequeñas maravillas en una cuidada selección de apuntes, escogido entre su copiosa producción de más de dos mil trabajos catalogados y en la que en un tramo temporal de cuatro décadas muestra la equilibrada fusión de la pasión por la naturaleza y el gusto por la materia, las claves de su vigente valoración en el cambiante mercado de la belleza.