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José del Castillo – Por Luis Ortega

   

Junto a Goya y el valenciano Maella integró el trío de protagonistas de la exposición organizada en el Museo del Prado bajo el título Roma en el bolsillo. Por primera vez, se enseñan los cuadernos de apuntes de estos pintores nacionales que, con becas de entidades públicas o con sus propios medios, visitaron y residieron en la península italiana y, naturalmente, en la Ciudad Eterna, paradigma de los valores que asumieron y renovaron los más notables creadores del siglo XVIII. Comisariada por José Manuel Matilla, conservador del departamento de Dibujos y Estampas, el eje de la muestra radica en las “ideas plásticas y anotaciones goyescas”, realizadas en 1771, cuando el aragonés contaba treinta y cinco años y dio un nuevo rumbo a su arte, de calidad contrastada, pero aún sin el aliento genial que reconocieron sus coetáneos y, de modo unánime, la crítica contemporánea. Propiedad de la pinacoteca, los valiosos originales están acompañadas de otros adquiridos en las últimas décadas y firmadas por dos de los mejores neoclásicos españoles y préstamos particulares e institucionales, tanto cartapacios como dibujos sueltos de pequeño formato. El primero, Mariano Salvador Maella (1739-1819), alumno y, luego, miembro y director de la Real Academia de San Fernando, desarrolló la mayor parte de su carrera bajo la protección de Carlos IV, que lo nombró pintor de cámara y conservador de los Reales Sitios; entre otros costosos encargos, figuran decoraciones murales en las seos de Toledo y Burgo de Osma; pero todo el favor de los Borbones se acabó cuando prestó sus entusiastas servicios a José I, el monarca impuesto por su hermano Napoleón. Con igual trayectoria docente, el madrileño José del Castillo (1737-1793) no gozó de los favores regios, pese a sus exigentes cartones para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara y los trabajos puntuales para los palacios y centros de recreo de la Corona y para algunas iglesias, como San Francisco el Grande, donde dejó el espléndido abrazo de San Francisco y Santo Domingo, uno de los escasos cuadros religiosos que acometió en su amplia producción. La muestra nos permite conocer los intereses artísticos de jóvenes admiradores de los maestros renacentistas y receptivos a los a los ideales estéticos del mundo clásico cuya recuperación y recreación predicó Johann Joachim Winckelmann, el llamado Padre de la arqueología, y a los principios intelectuales de la Ilustración, extendidos a todos los campos de la cultura.