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José Emilio Pacheco – Por Domingo-Luis Hernández

   

José Emilio Pacheco dijo ante el público que lo oía en el Museo Nacional de Arqueología de México, el pasado setiembre, “la dicha no tiene expresión verbal, no tiene palabra”. Y eso afina la puntería hacia dos cumbres: por más que esté tomado por las palabras, el poeta no puede condicionar a las palabras; y dos, ser sencillo, como San Juan de la Cruz, no implica renunciar a lo sublime por la palabra, aunque el santo supiera y proclamara que el instante es incondicional y que hay cosas en este mundo que sólo se viven. Por eso Pacheco asimismo afirmó: “La lengua es mi única riqueza”.

Poeta excepcional donde los haya, su cumbre como artífice de la poesía de la lengua la reservó a esa equivalencia cimera: ni menos que otros, ni más que otros, porque en esos casos solo la poesía decide.

Lo comentó alguna vez: ¿cómo podía tenerse él por un gran poeta si era vecino de un gran poeta? Se refería a Juan Gelman, que vivía dos cuadras más abajo de su casa y que lo precedió dos semanas en la muerte.

Poeta excepcional, ya digo, sumaba a la cordura una exquisita devoción por la literatura, una inteligencia singular y una calidad de la lectura sublimes.

Fue producto de un país que se llama México. Por lo que en México ocurre en lo que respecta a la enseñanza y a la cultura, bebió de los grandes poetas de allí, de los grandes poetas del idioma y de los grandes poetas del mundo.

Lo conocí ocasionalmente y supe, por ese parco contacto, de su humanidad, de su brillantez y de su equilibrio con el mundo y con las personas. El Gordo, se dijo, porque era gordo, se desplegaba de una manera tan inusitada que era capaz de producir admiración entre los que lo rodeaban. Recordé con él la veneración mexicana por el poeta Sabines, cuyos versos declaman los taxistas, y recordé que él mismo formaba parte de ese pormenor popular, no exento de un respeto conmovedor y de una admiración equiparable. De lo cual es fácil concluir que cerca de México y al lado de todos. Por lo que sumergirnos en esa especie de obra completa que se llama Tarde o temprano, libro que recoge su producción desde el año 1958 hasta el año 2000, es una de las experiencias más gloriosas que el destino puede depararte.

Su historia está cargada de anécdotas, por lo que José Emilio Pacheco fue y por lo que a José Emilio Pacheco le atribuyeron. Hombre de mil trabajos diarios (editor, traductor, periodista …), al ser de color negro su vestimenta más recurrida entonces, los taxistas no le cobraban las carreras al confundirlo con un cura y a cambio de la bendición. La real ocurrió en la entrega del premio Cervantes, cuando estuvo a punto de perder los pantalones en público porque el cinto dejó de procurarle a su cintura la labor que esa prenda nos depara a los hombres.

Lo cual viene a decir que para un ser con semejantes condiciones la atribución sacerdotal es la apropiada, o la que estuvo a punto de dejarlo desamparado de cintura para abajo en un acto tan trascendental. El poeta laureado manifestó ser un humano sin máscaras ni ataduras. Usar tirantes, además, era un inusitado tributo a la soberbia por la que él no estaba dispuesto a claudicar. Eso declaró.
José Emilio Pacheco, un preclaro ensayista, traductor, novelista y fundamentalmente poeta murió en Ciudad de México el pasado 26 de enero. “Es verdad que los muertos tampoco duran / Ni siquiera la muerte permanece”, escribió. Pero fue y ya solo su obra persistirá: Islas a la deriva, Los trabajos del mar, el excepcional El silencio de la luna…