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Justicia universal – Por Indra Kishinchand López

   

Estaba envuelto en una nube de desconcierto y desesperación. Cada vez que cerraba algún libro, con la certeza de que le había llegado al alma, tenía ganas de llorar; y las lágrimas rodaban sin consuelo por su rostro. Entonces, con cada final, entendía que siempre buscaba en los libros los reflejos de su propia vida, como si en vez de papel mirara un espejo roto por la desesperanza y el tiempo.

No creía en nada más que en el poder de la razón y la realidad palpable, audible. Odiaba todo lo que no se podía demostrar y ardía de rabia al comprobar que algunos pensaban como más importantes los asuntos del alma que la recuperación de un mundo que se rompía a cada segundo, que se desmoronaba por las balas de quienes había perdido todo orden lógico de las cosas.

Pero aquel convencimiento duró solo hasta que su corazón salió de sí mismo, solo, desgarrado, pidiendo auxilio, buscando respuestas.
“Sé que durante años has querido vivir tu vida sin mí”, le dijo. No lo pudo negar. “Ahora te costará más, y, sin embargo, no puedes evitarlo”, concluyó.

Tenía razón. No era solo su alma quien hablaba; era la verdad, la felicidad, la justicia. Eran universalidades que le encomendaban una tarea: “No olvides que por mucho que intentes extinguirnos, siempre estaremos ahí. A cualquier hora, en cualquier lugar”.