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Luis Aragonés y Adrián Sánchez – Por Juan Pedro Rivero*

   

Líderes en solitario después de 18 años, homenaje extraordinariamente casual a quien era colchonero de corazón, el Sabio de Hortaleza, el seleccionador que nos hizo campeones de Europa y dispuso un equipo que sería, en su momento, campeón del mundo. Con 70 años, don Luis Aragonés murió de una discreta enfermedad que, conocida por él, llevó en la intimidad. Nos entristece y apena su muerte, pero es la muerte de quien ha completado una vida y es reconocida como una vida llena y completa. Emociona el grito de todo el estadio Vicente Calderón cantando su nombre tras ocho minutos de silencio. Impresionante. A la vez, casi al tiempo, era enterrado en Gran Canaria un seminarista. Sin haber acabado los estudios, sin haber terminado su formación sacerdotal, de una desconocida y sorprendente “muerte súbita”, cuando nadie lo esperaba, Adrián Sánchez se desploma y con él toda ilusión humana y diocesana. Una vida aparentemente inconclusa. Como si un agujero negro se tragara el tiempo o se nos rompiera el televisor a la mitad de una película interesante. Nadie sabrá lo que hubiera podido ocurrir, si la muerte no hubiera hecho acto de presencia. Impresionante también. Así sucede la vida. Así se viene la muerte. No distingue al famoso del sencillo. No entiende de procesos históricos ni de finales completos. Acontece y ya está. Nos sorprende como un ladrón en la noche, camuflado, con careta; llega y roba. Deshace y se va. Sin hacer ruido, sin ser notada. Sin avisar. No hay razón o inteligencia que genere una coherente explicación que satisfaga y tranquilice. Se cierra el telón, se apagan las luces; acabó la función. Lo mismo si es triste el final o si comieron perdices. Todo termina. Nada perdura. Pero en la tramoya, en el interior de la existencia, como un grano de mostaza, pequeño y desapercibido, débil e insignificante, sembrado por la mano encarnada del Hijo de Dios, se esconde la esperanza. La tragedia se convierte sólo en drama. Aquellos duros finales aderezan futuros insospechados. De repente todo cobra un inesperado sentido. Vuelven a encenderse las luces, vuelve a abrirse el telón y se oye el incansable aplauso de la eternidad. De repente, el director de la obra, oculto durante la misma, sale a escena con los protagonistas. Los lleva de su mano. Los acerca al público y aplaude con todos. La semilla de la esperanza es el aplauso que doy hoy tanto a Adrián como a don Luis Aragonés.

*RECTOR DEL SEMINARIO DIOCESANO
@juanpedrorivero