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Luis Aragonés – Por Luis Ortega

   

Vuelvo al deporte rey, pero fuera de tíos que ni rozan lo pintoresco, como el cenizo Soria, cuya obsesión con Cristiano Ronaldo y el Real Madrid es patológica y reclama “tratamiento médico o veterinario”, como dice mi quiosquero. Hablamos de alguien que se ganó la admiración y respeto de todos. Hace años escuché una afirmación de José Luis Aragonés Suárez Martínez (1938-2014) -“En el fútbol pasamos en un momento de hijos de puta a reyes del domingo”- con la que titulé un programa sobre Molowny. Siempre simpaticé con el Sabio de Hortaleza y/o Zapatones -pues ambos alias marcaron a un referente del club de sus amores y de la Selección Española- que, ante todo, fue un espejo del hombre de la calle, de suma inteligencia, sentido común y desparpajo en gestos y lenguaje. Volante de gran recorrido y potente disparo, pasó por el Getafe, Plus Ultra (filial del Madrid), Recreativo, Hércules, Ubeda, Oviedo y Betis antes de fichar por los colchoneros. Su balance en la División de Honor certifica trescientos sesenta partidos y ciento sesenta goles; ganó tres Ligas y dos Copas del Generalísimo con los rojiblancos y allí inició también su carrera de entrenador, continuada con los dos equipos de Sevilla, Mallorca, Oviedo, Valencia, Español e, incluso, Barcelona. Desde esos banquillos ganó ocho trofeos: cuatro Copas, una Liga, una Supercopa y la Intercontinental que disputó por ausencia del Bayer de Munich, que no acudió a Argentina con el pretexto de la Guerra de las Malvinas. Entre 2004 y 2008 fue seleccionador nacional, elogiado cálidamente por sus seguidores y criticado con saña por sus detractores. Sacó al combinado nacional de su mediocre irregularidad y, contra los agoreros, le impuso un estilo propio y logró el segundo éxito internacional, otra Eurocopa para sumar a la de 1962, tan comentada en los medios como la Guerra de la Independencia en los manuales de historia franquista. Hace dos meses anunció su retirada y, con encomiable entereza y discreción, afrontó la leucemia que le llevó a la tumba el primer día de febrero. En todos los estadios del país se rindieron sentidos homenajes a un tipo de una pieza, amigo de la verdad y trabajador de fondo, políticamente incorrecto y extrañamente sincero en un ambiente de intereses, trapisondas y conveniencias; un castizo que tan pronto explicaba los sistemas de juego como la diferencia entre un corte de manga y una peineta como afirmaba: “Hay medios que me quieren matar; mátenme pero no mientan” o “Las finales no se juegan; se ganan”.