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Luz, sal y lo que haga falta – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Hay algo tan grave como no contar con el respeto de la sociedad. Los cristianos estamos expuestos al peligro de no querernos por dentro. Me explico: hay tanta distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser, que no es extraño que brote el desaliento, a título personal y comunitario. Y ese sentimiento es enfermizo, va minando nuestro desarrollo y termina convirtiéndonos en imbéciles.

El evangelio de hoy es uno de esos textos demoledores que colocan el foco sobre lo que Dios espera de nosotros. Se nos dice que somos luz del mundo y sal de la tierra. Esto es, que nosotros ponemos los amaneceres y transformamos la oscuridad en mediodía. Que nosotros le damos vidilla a la vida. Y, claro, hay quien se deprime al oírlo. Un creyente-florero, de esos que adornan, hacen bulto, aumentan las cifras de asistencia pero no aportan nada y, lo que es peor, no buscan nada; uno de esos presuntos creyentes, digo, no sentirá ningún peso sobre sus espaldas cuando se le comunica oficialmente de parte de Dios que está llamado a ser luz y sal. El problema surge cuando el que busca con sincero corazón el rostro de su Señor termina teniendo miedo a levantar la cabeza porque percibe el abismo entre su vida real y el horizonte que le han marcado. Sucede, sin embargo, que ya contaba Dios con nuestra mediocridad. Y ocurre también que él va sacando fuerzas de nuestra debilidad. Son mucho más que palabras bonitas: un creyente realmente vivo mejora el día a día de quienes le rodean y, lo más grande, abre puertas en la vida de los demás que nunca debieron estar cerradas. Nuestra autocomplacencia sí que tiene peor solución. Tenemos que quitarnos las gafas de aumento cuando nos observamos para llegar a conclusiones más realistas sobre cómo nos va. Desde ellas, es razonable concluir que necesitamos reinventarnos. Sí, como tantas veces hemos hecho a lo largo de la Historia. Surgir de nuestros rescoldos para recrear el encargo que nos hicieron. “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne”, dice el Señor. El testimonio de la caridad está garantizado por millones de hermanos nuestros que en nombre de la Iglesia regalan un corazón así de grande. Pero, ¿qué hay de nuestras prioridades como comunidad, de nuestra forma de manejarnos, de nuestras formas de acercarnos? ¿Qué pasa con nuestra capacidad de acogida, con el valor que damos a la misericordia y a la ternura? Prefiero no entrar en detalles. Me remito a varias expresiones del Papa Francisco sobre los rostros largos y los ceños turbios que a menudo son estandarte de lo que en realidad se ve de nosotros. Y ésa es la parte visible del iceberg.

Lo bueno de todo esto es que somos capaces. Podemos hacerlo. La Iglesia, una vez más, da señales de una desbordante juventud que le está creciendo desde lo más hondo. Sal, luz… y lo que haga falta. Eso seremos si no perdemos la confianza en quien nos conoce y nos hace el encargo, a pesar de que nos conoce.

@karmelojph