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El mar que une – Por Rafael Zurita Molina

   

Por lo leído, antes y ahora, algunos vecinos grancanarios muestran un especial interés, en cualquiera de sus acepciones, por la isla de Tenerife. Sobre el pleito insular, que parecía superado con la división provincial, se ha encrespado en los últimos tiempos, con precisos nombres, justo cuando la capitalidad de Canarias se fija compartidamente en las ciudades de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria.

Una cosa es la rivalidad, congénita con la dimensión insular, y otra el ejercicio de la solidaridad compartida. Tal lo expresé con motivo de la celebración del día de Canarias. Pensados discursos, decía, cuando situados en el enturbiado paisaje nacional concurría el pragmático diagnóstico del político y la encendida prosa del periodista. El que fuera director de este DIARIO, Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, alentaba el concepto de “Canarias, integrada en la España plural y democrática, unida a la Europa de los ciudadanos y los pueblos”.

La marca Canarias se aplica de forma un tanto aleatoria; para muchos, según convenga, prevalece la egotista insolidaridad. No resulta fácil borrar la deplorable imagen del Archipiélago en la Unión Europea, aireando el litigio entre las dos compartidas capitales canarias; no era excluyente, sólo se reafirmaba la incuestionable importancia de los puertos y aeropuertos de la provincia occidental.

Coincidiendo con la conmemoración del quinto centenario de la fundación de Santa Cruz de Tenerife, escribía Sebastián de la Nuez Caballero (1917-2007), catedrático de Literatura Española de la Universidad de La Laguna, que la primera referencia histórica que se publica en castellano del nacimiento de la capital tinerfeña, la hace el historiador fray Alonso de Mendoza (1594), quien dice que “el caballero Alonso de Lugo, que se había distinguido en la conquista de la isla de Canaria, por lo cual se le había encomendado la tenencia de la torre de Agaete, desde donde podía contemplar, al atardecer, la majestuosidad del Teide, no es extraño que concibiera la idea de poseer para sí la isla de Tinerfe el grande”.

De tal forma expresa Viera y Clavijo la concreción del pensamiento de Fernández de Lugo, previas a las conquistas de La Palma y Tenerife: “… habiendo dispuesto de todos los bienes raíces que poseía en Canaria, se encaminó a la corte de los Reyes Católicos; no dudó la reina mandar que se le despachase la patente de las conquistas de Canarias”.

En 1494 Fernández de Lugo desembarca en Tenerife, por la costa de Añazo con una tropa de peninsulares y también canarios que aporta Fernando Guanarterme. Es sabido, que al fracasar la primera incursión, dos años después, recompuestas las tropas, retornó a Tenerife por el mismo lugar, consumándose la conquista de Canarias. ¡El mar que une!