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María Nieves López – Por Luis Ortega

   

Está entre esa multitud de buena gente que, en cualquier latitud y tiempo, tienen la voluntaria obligación de facilitar la vida de los demás, de engrasar con su buena pasta, su vocación de servicio y su voluntad indesmayable los oxidados mecanismos de nuestras sociedades de intereses, afanes apresurados y supervivencia a costa de todo. Está entre esa muchedumbre gracias a la cual subsiste un horizonte de méritos morales que oponer al individualismo feroz y al no menos peligroso corporativismo. Fue un retazo de grata memoria de la niñez, una presencia atenta y cariñosa desde los juegos en la plaza de la ermita dónde -aún no lo sé- empezaba o acababa el Barrio de la Canela. Y, luego, ambos con los pies en cualquier parte, una sorpresa y alegría esporádica cuando el azar nos hacía coincidir en la ciudad confiada que sustituía a las personas y las costumbres por las frías e implacables reglas del calendario. Aurora Hernández -tan próxima en el cariño y la conservación de un espacio y una época que aceleradamente amarillean como las fotografías del pasado- me contó la triste novedad de su muerte, rápida y dulce, acaso como merecida compensación a su sacrificada existencia y a su bondad sin medida. María Nieves López Hernández (1929-2014) y, a mis recuerdos se suman los datos facilitados por su prima, llevó como segundo nombre Sebastiana, en honor de su convecino, el mártir romano, que tiene fiesta e himno propios, y por el día de nacimiento, el 20 de enero; fue maestra nacional en parroquias gallegas y en pueblos de nuestra isla sin carreteras, anémica electricidad y todas las carencias imaginables. Se integró desde sus inicios en la Obra Misionera Ekumene, dedicada a fomentar “la creación de escuelas en los pueblos más necesitados de España” y, según su promotor, el sacerdote Domingo Solá, a acudir allí donde las necesidades sociales de los individuos y grupos más débiles los reclamaran. Se trata, escribió, de “recrear el espíritu de las primeras comunidades cristianas con grupos de laicos que, a la vez que la instrucción, formaran en valores a los niños y los adultos excluidos y, a la vez, les adiestraran en profesiones y oficios para afrontar las exigencias cotidianas”. Pronto se extendió por África y por Iberoamérica y María Nieves López, que abandonó su plaza pública, trabajó con incansable entusiasmo mientras tuvo salud y fuerzas. En sus contadas vacaciones volvía a La Palma y, humilde y cortés, animó y alegró a quienes valoramos en ella la antigua virtud de la caridad evangélica, lamentablemente en situación de decadencia y olvido.