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El mayor olvido – Por Claudio Andrada Félix

   

Como cada mañana desde hace dos años, se levanta echando de menos su sonrisa y el olorcito a ‘cafeileche’ que cada día lo despertaba. Y es que su vida, sin Juana, sencillamente no es vida. Desde que ella no está, arrastra los pies y hasta parece que se haya encogido.

Como si su tránsito por este mundo se hubiese convertido en una interminable espera no sabe para qué. Sabe que tiene tres hijos, porque lo tiene apuntado en un papel que guarda celosamente en el bolsillo trasero izquierdo de su vaquero, pero su cabeza, empeñada en jugarle cada día malas pasadas, olvida sus nombres y caras, y durante el discurrir de la mañana le aparecen imágenes confusas que trata de ordenar sin éxito. Se pregunta si estará perdiendo la cabeza y siempre tiene la sensación de que algo se le olvida. Menos mal que sobre las 9.00 horas viene a buscarlo el chico ese de barba tan amable que lo llama Nicolás, al que cada día le descubre un parecido con uno de sus hijos. “¿Tu eres mi hijo Agustín… o (saca el papel del bolsillo del vaquero) Fermín?”. “Ninguno de los dos, don Nicolás, soy Antonio, el del Centro de Día, que vengo a recogerlo”. Y es que vivir solo es lo que tiene, que a uno se le desordenan los recuerdos por no hablar con nadie que te los ponga delante de tu memoria. Su mirada se le va haciendo menos precisa y en ocasiones deambulan sus pupilas buscando algún punto reconocible para seguir caminando sin temor a estamparse, o, lo que es peor, perderse sin saber cómo regresar a su casa. Nicolás no lo sabe, pero se le están diluyendo los recuerdos cada día un poco más. Y ya le cuesta centrarse y ordenar sus pensamientos; le resulta un sufrimiento inmenso ponerle cara a la obligada ausencia de Juana… y eso lo mata cada día un poco más; eso sí, lentamente… E incluso los domingos, cuando sus hijos lo llevan a comer por ahí, se sorprende cuando en algunas de las casas de comida de La Esperanza, lo saludan con reverencia, como si hubiera sido alguien importante antes de no sabe qué momento… bueno, cuando estaba con su Juana.

Pero hoy no es domingo, y, sin embargo, sus tres hijos han ido a buscarlo para salir a comer. Y mira sus papeles del bolsillo izquierdo del vaquero. El bolsillo de sus recuerdos. Toda una vida en el bolsillo izquierdo del vaquero, entre papeles doblados y rotos. En un momento de lucidez sus hijos le recuerdan que es 14 de febrero… Entonces, una lágrima furtiva repleta de recuerdos y besos le resbala por la mejilla y le pregunta a sus hijos que dónde está su mujer, Juana… y en ese instante las lágrimas, como un virus terrible de ternura, contagia a todos los que están a su lado y se agua el vino mientras levantan sus vasos para brindar, como cada año, por su aniversario de boda.

claudioandrada1959@gmail.com