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Miguel Ángel Blanco – Por Luis Ortega

   

La febril actividad del Museo del Prado, con actividades continuas y muestras temáticas de sus fondos avaladas por patrocinios privados, es un telón amable y piadoso al alarmante estancamiento intelectual y cultural que vive un país amedrentado por la precaria economía, y una capital que no renuncia a su condición novelera y que, como ya contó Luis Carandell durante el tardofranquismo, “ahora no tiene parné ni para el maquillaje”. Por esa mezcla de ingenio y coquetería que, contra recortes y mareas contra los recortes, valoramos con sincero entusiasmo las últimas iniciativas de la pinacoteca nacional y, de manera muy favorable, la exposición Historias Naturales, un proyecto de Miguel Ángel Blanco (1958) que conjuga un largo centenar de piezas del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), con 25 obras excelsas de grandes maestros. Las inteligentes y finas asociaciones de esculturas de estirpe grecolatina de colosal formato con rotundos esqueletos marinos abren el recorrido de los tiempos y los asombros; los bronces de Leone y Pompeo Leoni, escultores del ciclo áureo del imperio de los Habsburgos, sobrevoladas por un águila real; El Carro de Heno, de Hieronymus Bosch, complementa su críptico simbolismo con una prodigiosa colección de insectos; La Laguna Estigia, de Joachim Patinir -el obligado tránsito de las almas liberadas al fin de los cuerpos- anticipa y extiende sus fronteras azules con una grandiosa piedra de azurita; los serenos desnudos de Adán y Eva -joyas supremas de Albrecht Durero, adquiridas en la subasta de la colección de Cristina de Suecia- contrastan su placidez con el enroscado e inofensivo esqueleto de una serpiente; fuerte y magnífico, Zeus disfrazado y disecado aunque él no lo sepa, el toro de Veragua observa El rapto de Europa, de Peter Paul Rubens, con tenaz tentación de irrumpir en la secuencia mitológica; doblemente utilizado en estas singulares instalaciones, el alemán que compartió con Velázquez la cima del barroco, ve custodiada su Vía Láctea, por una ritilante guardia de meteoritos; La osa hormiguera, de Antonio Rafael Mengs, se combina con la osamenta de un congénero y el fastuoso Concierto de aves, de Frans Snyders, suma una gloriosa adenda de un ave del paraíso; para las negras elucubraciones goyescas -El Aquelarre es la obra señalada- Miguel Angel Blanco recurre a murciélagos momificados y cornamentas de búfalos comunes, la cotidianidad bárbara que inspiró las creaciones más sorprendentes del pintor de Fuendetodos.