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Mujeres – Por Rosa Villacastin

   

No voy a volver sobre el debate del estado de la nación, porque expertos tiene la política y ya lo han hecho otros compañeros. Un tema que me interesa mucho, ya que de lo que se ha hablado en el hemiciclo, u omitido, nos afecta a todos los ciudadanos. Incluso a aquellos que por estar en una situación privilegiada no se apiadan de los que están padeciendo en sus propias carnes, con gran dolor y desgarro, los recortes del Gobierno en Educación, Sanidad, Seguridad Social, Cultura y ERE a mansalva. Sin embargo sí quisiera hacer una reflexión sobre el comportamiento de Mariano Rajoy cada vez que Rosa Díez se sube a la tribuna de oradores a defender sus ideas, tan legítimas como las de la bancada del PP. Una actitud que, viniendo de un presidente que lo es de todos los españoles y no solo de los que le votan, chirría, por los tintes machistas que envuelven esas reprimendas y desplantes a una política, que como el resto de los que se sientan en el Congreso de los Diputados o del Senado, merece todo su respeto y consideración. No es la primera vez que Rajoy replica a Díez como si en vez de estar en el Parlamento estuviera en una taberna. Y pregunto: ¿por qué será? ¿Por qué esa inquina de un hombre que presume de campechano y buen orador hacia su adversaria política? Dicen que en política todo está permitido, yo creo que no, que ni siquiera en los momentos más duros de los debates se puede perder la compostura, por más que sea algo que vemos que ocurre con demasiada frecuenta en otros parlamentos, por una razón de peso: si queremos que se respete a la clase política, primero tienen que respetarse ellos. Parece ser que la animadversión de Rajoy hacía la líder de UPyD se debe a que ésta le puede quitar muchos votos. ¿Y qué? También se los puede quitar Cayo Lara, Rubalcaba, Duran Lleida o cualquiera de los representantes de los partidos que se sientan en el hemiciclo, y no por eso hay que hablarles como si se les perdonara la vida. Lo que me induce a pensar que en la acritud del líder del PP se esconde una actitud tan machista y arrogante como la que exhibe el señor Gallardón, cuando se permite el lujo de defender su proyecto sobre el aborto, poniendo en tela de juicio la capacidad y legitimidad de las mujeres para decidir sobre un tema tan delicado, tan traumático como éste. El problema de estas actitudes es que son contagiosas. Lo hemos visto estos días cuando Andrés Martínez, concejal de Villarrobledo, le dice a una vecina que demanda ayudas sociales que si no puede alimentar a su hijo se dedique a la prostitución. Que este señor no haya sido cesado inmediatamente demuestra que el virus del machismo y el desprecio a la mujer está más extendido de lo que parece en nuestro país, pero sobre todo en determinados ambientes políticos, que debían ser el espejo en el que se miren los ciudadanos.