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Murallas – Por Juan Carlos Acosta

   

El nombre de la ciudad autónoma de Ceuta ha copado estos días la actualidad en nuestros medios a través de ríos de tinta, discursos diarreicos y no pocas sobreactuadas lágrimas. Reconozco que muchas veces me ha pedido el cuerpo cambiar de canal o pasar la página porque he sentido literalmente nauseas. Y también remordimiento por sentirlas. Así que he patinado encima de tanta expresión vacua, he huido de la hipocresía y he cortado el conducto. Y lo digo secamente. Porque pienso que, con el ruido del ventilador mediático, donde el rigor, la deontología profesional y los principios del oficio periodístico han pasado de moda para dar credibilidad a todo tipo de intereses en el que la verdad termina siendo la bola del trilero; esa repentina compasión por los cuerpos de una quincena de desarrapados relegados al ostracismo es como un terrón de serrín. En unas pocas horas los desfalcos, las tramas bancarias, los trabalenguas independentistas, las zancadillas partidarias, las trifulcas petroleras, los agravios turísticos y los dioses futboleros volverán a llenar de colorido nuestra rutina cotidiana, eso, claro, si no hay nuevos acontecimientos en las fronteras del sur, que los habrá. El mundo que hemos creado entre todos no se arregla en 24 horas, y si muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras por la brutalidad policial en la frontera africana española imaginaran que solo se trata de la espuma de una gran masa humana que se desborda para no morir, y no de la anécdota de unos cuantos cientos de negros que esperan una oportunidad desde sus refugios improvisados en los montes marroquíes, quizás abogarían por exigir a nuestras autoridades invertir allí donde la pobreza se engulle a sí misma y no en frágiles vallas de cinco metros y en policías imposibles, convertidos en juguetes en medio de una marea desbocada por los vasos comunicantes del equilibrio mundial. Antes eran las costas de Canarias, con el trasiego incesante de las pateras, con las olas infames de la muerte, las que recibían las señales. Hoy, con las maniobras ilusas de la compra de voluntades en los países vecinos, la corriente vital ha buscado y hallado una nueva salida a través del Estrecho, un líquido que no está formado por el rostro de una quincena de víctimas, sino por el de todo un continente conformado por millones de personas que se aferran a la existencia. Son las acciones de la conciencia internacional las que deben cambiar el rumbo de un sistema que se empeña en ignorar la injusticia y el abuso de los débiles. Son los organismos multilaterales independientes los que deberían hacer saltar el control de un modelo atávico de relaciones humanas para encontrar el camino de la sostenibilidad, la igualdad y el sentido común. Porque al final no habrá murallas que nos salven de nosotros mismos.