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después del paréntesis > Domingo-Luis Hernández

El novelista – Por Domingo-Luis Hernández

   

Lo conocí hace mucho tiempo, cuando era un joven que estudiaba Filosofía y Letras y me aferraba a la intención de escribir. Una noche de cada semana nos reuníamos en un bar conocido de Santa Cruz, en la Avenida de Anaga. La voz cantante, llena de gracia, sugerencias y alucinaciones la llevaba Rafael Arozarena. Isaac de Vega se acunaba en la esquina de la barra frente su baso y pocas veces habló. Pero era él; y por su presencia silenciosa comenzamos a recorrer su obra. El gran maestro, un preso de la escritura y sin remedio. Descubrimos su sinceridad, su originalidad, su arrojo, su independencia y su brillantez; eso que da sentido a la novela de Canarias y de la España de posguerra. Poco sabíamos de don Isaac, el antiguo maestro dispensado de su oficio por la sordera. Aunque siempre sospechamos que era menos de lo que se mentaba, una estrategia para separarse de la estupidez y de los pretenciosos. Rafael Arozarena contaba cosas de sí propio, siempre con la saña de la invención y del equívoco, y algunas veces de él. Dos anécdotas recuerdo. Una el día en el que decidieron dar la vuelta a la isla caminando con un pan cada uno bajo el brazo y una botella de agua en la cintura para calmar la sed a la espera de algún pertinente vaso de vino. Salieron de Santa Cruz, cruzaron Tenerife en redondo y solo una frase se oyó en todo el recorrido: “hasta luego, muchacho”, dijo Isaac de Vega en la despedida del regreso. Otra contaba con gracia Rafael. Un prócer de la isla de La Palma los invitó a la isla hermosa. La cena era pertinente. Y en la casa del estimado, luego de los postres, era oportuno que el vate le leyera a los eminentes autores algunas partes gloriosas de su obra. Don Isaac se resistía como mejor supo hacer. De modo que el anfitrión no tuvo por menos que distinguir la ausencia del virtuoso (lógica, dado el caso). Le pregunto, por cortesía, si estaba cansado. E Isaac de Vega le respondió: “Sí, caballero, sí”. Contaba Rafael Arozarena que de vuelta a la pensión, recriminó a su íntimo y duradero amigo, que eso no se hacía, que era grosero. “¿Qué?”, preguntó don Isaac. “¡Que estabas cansado!”, repuso Rafael. “Ah, no”, se defendió; “yo oí que si estaba casado”. Luego intimamos.

Por los trabajos que había hecho sobre los fetasianos, por las lecturas que algunas veces compartíamos, por las letras que salían a nuestro encuentro o por algunas de las circunstancias que nos sorprendieron. Lo visitaba con frecuencia en su casa de La Laguna. Y hablábamos en presencia de la que fue su mujer, su adorada mujer, que lo dejó en una época parca de su camino. Siempre fue taxativo. Cuando charlábamos sobre su obra (que jamás situó más allá de lo debido y nunca por modestia), cuando le comentaba logros eminentes de sus escritos (como Fetasa o Conjuro en Ijuana) o cuando me disculpaba torpemente porque El ojo vacío se había quedado a la deriva y yo no persistía.

Caminamos juntos en varias ocasiones. Una tarde se paró en seco en la calle y me dijo: “Dios es un grandísimo hijo de puta”. Porque no solo nos mata sino porque nos hace saber que vamos a morir. Yo nombré a Schopenhauer y don Isaac sonrió. Un ser excepcional, una de las personas más extraordinarias que he conocido en este mundo; por asumir su condición de hombre, por desprenderse de los complementos superfluos y las banalidades en sus largas estancias en soledad en Anaga y por ser uno de los narradores más grandes del planeta, a la altura del adorado Buhumil Hrabal, alguna vez le comenté.