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Óscar Domínguez – Por Luis Ortega

   

Era previsible que Roma no volviera a la isla de Oscar Domínguez (1906-1957) donde, hace tiempo, con bombo, platillo y apoyo mediático, se “creó y publicitó” (léanlo como un decir, una broma de mal gusto o, si quieren, un oscuro negocio o desmán) un museo dedicado al pintor surrealista, fundador del movimiento y artífice de que su II Exposición Internacional tuviera por sede la capital tinerfeña, tras el debut del grupo inicial en París. Fue tal el famoso disparate, cometido antes incluso del septenio de las vacas gordas – para colmo su musa promotora contó en un libro como materializó su sueño redentor de una ciudad a través de una idea – que el desfigurado proyecto quedó diluido dentro del TEA que, contra las carencias que siempre afectan a la cultura, resiste como un centro abierto a varias actividades, y como sala de estudio y lectura, principalmente. La política de adquisiciones para reunir una colección selecta del tacorontero, que encarnó en vida y obra, la peligrosa fuerza del inconsciente, es un episodio nunca aclarado. Discutible en todas las instancias, las piezas capitales y reconocidas en los manuales locales y foráneos que, en una parte sustantiva estuvieron en manos de isleños relacionados con el inventor de las decalcomanías, por razones nunca explicadas, no entraron en el lote de autor y el paralelo acompañamiento de obras coetáneas para entornar su producción, cayó en los mismos pecados en cuanto a selección y adquisición. La mediocridad y la falta de transparencia quemó numerosas oportunidades y últimamente, aún cuando el Museo – o Instituto – Oscar Domínguez ya no existía como realidad o enunciado sino como un mal recuerdo, surgió una postrera posibilidad de que dos telas de extraordinario interés (Máquina de coser electrosexual y Retrato de Roma) quedaran en el patrimonio isleño pero, por desacuerdos económicos, ambas siguieron el camino del exilio y subastadas en la sede londinense de Christie’s (la última a comienzos de este febrero y por 902.500 libras, o 1.090.238 euros) pertenecen ya a un coleccionista privado. Según parece, algún filántropo anónimo y fugaz estuvo dispuesto a pujar para cederla temporalmente a una institución isleña, pero todo quedó en la buena intención o en el farol. No veremos pues por aquí a la bella música, como una mutilada Venus de Milo, en tanto sus manos sangrantes, desgranan sobre el teclado las notas de una partitura de la que crece un drago y, una ventana, recurso mágico del arte, ilumina la composición con un paisaje de ensueño.