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El riesgo – Por Jorge Bethencourt

   

Avisan del peligro. Lo advierten todas las radios y televisiones. Lo ponen los periódicos dando voz a los expertos. Y luego tres personas son arrastradas por las olas porque se han acercado demasiado a la costa para ver el mar embravecido. Uno se pregunta que extraño mecanismo se activa en el interior del ser humano para acercarse al riesgo y disfrutar con él. Disfrutar hasta que algo salga mal y entonces todo se tiñe de un drama perfectamente inútil porque habría sido perfectamente evitable.

Ocurre en todos los ámbitos de la vida. Existe una morbosa fascinación por tragedia ajena, por las desgracias y las catástrofes. Cuando en la autopista ocurre un accidente especialmente grave se forman colas kilométricas. No tanto porque hay que reducir la velocidad al pasar por la zona del siniestro (que también) sino porque la gente que pasa, incluido específicamente el conductor, casi se detiene para curiosear visualmente en los restos desperdigados de metal retorcido. A la búsqueda, tal vez, de un imborrable recuerdo de sangre y carne. Quién sabe.

El riesgo de algunos deportes actúa como atracción fatal para las polillas humanas que buscan la luz del peligro. Cuando lees que un piloto famoso fallece en una carrera de fórmula uno lo sientes, claro. Pero es lo que pasa cuando uno va a trescientos kilómetros por hora y se estampa contra una pared. En este caso, como en las motos, el esquí, el parapente y tantos otros, existe una recompensa, una preparación, equipamiento… En el caso de los turistas de sucesos no hay más que morbo descarnado.

Hay gente que va por el mundo viajando de un escenario de desgracia a otro. Pasó tras el tsunami de Indonesia. Pasó en Haití. Y pasará allí donde ocurra algo grande, espantoso y trágico. El otro día escuché, en una mesa cercana, a alguien que casi deseaba que en El Hierro se produjese una erupción de magnitudes históricas. “Eso pondría a Canarias en el mapa” aseguraba el muy imbécil. Alguien tuvo que decirle lo de imbécil. Y advertirle que salir en las noticias al precio de la desgracia a veces sale muy caro.

Pero es complicado luchar contra la estupidez crónica. La gente quiere que ocurran catástrofes enormes porque quieren incorporar novedades a una vida anodina. Por eso vemos cada día imágenes de personas que se exponen al peligro y que, a veces, lo pagan con su vida. El ser humano tropieza más de una vez con la misma piedra. De hecho lo hace muchas veces y hoy, además, lo graba para subirlo a Youtube.