X
nombre y apellido >

Rigoberta Menchu – Por Luis Ortega

   

Frente a la languidez de un día cualquiera, la plaza se llenó de gritos, de juegos vanamente organizados, en tanto era un asueto extraordinario, no el mero recreo de una jornada escolar. Compartían el espacio la ruidosa grey infantil con la sonrisa que Madiba gastó en la cárcel y en la calle, la dignidad de monseñor Desmond Tutú y las relajadas expresiones de las liberianas Leimah Roberta Gbowee y Elle Johnson Sirleaf, cómplices de causa y de premio. Y, además, el rictus enérgico de Rigoberta porque la guatemalteca Menchu no descansa ni en los logros; “La paz – dijo ante la ONU – no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz”. Los chicos sin parar un segundo y los héroes y heroínas desde la inmovilidad en un montaje de árbol o figura geométrica a los que le crecían frases y consejos tan luminosos dieron sentido a la mañana en la que paró el invierno. Los alumnos de las escuelas unitarias -una singularidad que no entienden los burócratas, los ignorantes y las almas chicas -dedicaron el Día de la Paz a los abnegados personajes que no midieron su esfuerzo en el eterno combate por los derechos y la igualdad (que es el primero) y lo ejemplificaron con la luz, el ingenio y la alegría. Se cumplió un año más un compromiso gozoso y solidario- todo lo contrario de un rito fijo y hueco – y su lección sin pretensiones (una actividad extraacadémica en teoría) insufló un aire fresco, de renovada esperanza a los viandantes despistados con la efeméride. Cualquier día, cualquier lugar, cualquier pretexto, son buenos para invocar la paz y, sobre todo, para verla acompañada de la justicia y la solidaridad porque, sin ellas, sólo sería una pausa convencional en el diario conflicto de intereses. Recreo esas horas con una grabación de Manolo Ortega, testigo y voluntarioso recopilador de hechos curiosos y bellos y recuerdo lo hermosa que lucía la plaza de España; lo animada que estaba la Calle Real y el optimismo que adornaba el bronce del Señor Díaz, un adalid de la liberación de los oprimidos, la erradicación de los abusos y el progreso compartido, mientras los chicos cantaban el romance de Francisco Eloy Hernández, maestro y entusiasta pionero de estos encuentros que fueron, son y serán, las primeras asignaturas de una responsable y positiva ciudadanía: “Vamos a escribir palomas / con letras de tiza blanca / que suban alto, muy alto / que nadie pueda borrarlas…”,