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después del paréntesis>

Sefarditas – Por Domingo Luis Hernández

   

Me ha comentado alguna vez que uno de los poemas mas eminentes del renacimiento en lengua española, las Endechas a la muerte de Guillén Peraza, tiene base sefardita. Ese fundamento lo acredita la lectura del revés del poema, eso que da a entender que donde dice “digo” en realidad el autor se refiere a un tal “Diego”. Una pieza espectacular en la que, frente a la conquista, a la sumisión, a la rendición se precisa la defensa de los palmeros, de los benahoaritas, en pos de su territorio, del lugar armonioso, de la primacía, del rico refugio de descanso para los héroes del mundo clásico. Primoroso jardín frente a la muerte que corona el concluyente y el sentencioso epitafio: “Todo lo acaba la malandanza”.

Si lo referido sobre los sefarditas fuera cierto en este caso (cosa que habríamos de investigar convenientemente los canarios) pondría en la cumbre del rigor a sus urdidores: negar la expansión por violencia, someter por la fuerza a pueblos libres y suficientes (por más primitivos que sean) y repudio de los fundamentalismos que siempre cuentan con la seña de la exclusión. Sefarditas cuestionados cuya sombra se arrastró por un país que luego se llamaría España desde el ya lejano año de 1447, año en el que el autor anónimo respondió.

Esa es la figura. Un pueblo que vive en un lugar y comparte lo que comparte con árabes y cristianos, asunto que dio a la luz uno de los enclaves más productivos en lo científico y lo cultural de Europa, y que por la unidad de raza, de religión, de lengua y de absolutismo da el primer estado moderno del viejo continente, punto de partida del único imperio católico desde el 3 de agosto del sabido año de 1492.

Conservar hasta la actualidad un idioma, que es el idioma de la expulsión, los objetos rescatados (incluidas las llaves de sus casas), porque el desahucio habría de ser provisorio, es un signo de responsabilidad, de grandeza ética. La cuestión no contradice solo a una decisión arbitraria y oligárquica sino que asume el regreso como categoría, aunque ya hayan pasado más de siete siglos.

Persistir, ser, comprometerse con lo que fueron es igual a persistir y ser en lo que son. Eso encarnan los sefarditas. Pese a adherirse a la nueva nación que los reúne, Israel, su historia es incuestionable. Y esa es una sublime lección.

Que un partido que gobierna en España, que impone leyes del aborto inicuas y que lanza por el sumidero la justicia universal, y aunque no tenga demasiado claro los criterios, que decida retroceder al punto del agravio del año 1492 y acoja como españoles a los que lo fueron y aún lo son (aunque no de ley) es de alabar.

Se dirá que la mano extendida no acoge a los antiguos habitantes de Alándaluz, que siguen siendo moros, y que detrás de la intención del PP acaso se encuentra una zona de privilegio, Israel, eso no menoscaba la iniciativa. Por eso la iniciativa es admirable.

No por el gobierno español en cuestión, sino por lo que cuentan los israelitas, que en las primeras horas de la noticia más de 5.000 sefarditas se habían apostado en las embajadas de Tel Aviv y de Jerusalén para confirmar sus derechos y que más de tres millones y medio de españoles que fueron serán españoles de derecho en un futuro inmediato. Ejemplar.

La historia se restituye; los sefarditas lo aclaman. Que para bien sea, que el diálogo entre distintos, por fin, pueda converger.