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El teatro de la vida – Por Rafa Lutzardo

   

Cuando el teatro de la vida se realiza a través del contacto con la naturaleza, en una parte del mundo rural, sin público, se convierte en un teatro ceremonial, improvisado, nostálgico, sentimental. Un encuentro con el tiempo perdido; el anhelo del futuro y la esperanza. Una catarsis griegas mezclada entre la purificación ritual de personas o cosas afectadas de algunas impurezas; una liberación o transformación interior suscitados por una experiencia vital profunda y una eliminación de recuerdos que perturban la conciencia entre las personas que actúan. Ese teatro realizado en el campo libre tuvo como escenario en San Andrés, parte alta de la isla de El Hierro. Un lugar mágico y lleno de embrujos. Un rincón del Atlántico seductor que invita a la meditación, reflexión y al teatro de la vida, de los sueños y recuerdos que vagan en las conciencias y mentes de muchas personas. Una suculenta comida típica canaria de papas, costillas, piñas y mojo cilantro, generó la motivación inspiradora entre los asistentes, donde algunos de ellos tenían una maleta de su propia vida y recuerdos, convirtiéndose por unos momentos en protagonistas directos de un teatro de improvisación a través de sus propias vivencias, experiencias familiares y un deseo de explorar las entrañas de un teatro en libertad. Vicens; Mari Nieves, su hija, Idaira, David, Cirilo Leal y Dulce Casanova, rindieron homenaje a la emigración y familiares, todo ello arraigado fuertemente por unos sentimientos de un pasado que fue importante, pero que ya no está entre nosotros. Ese día no fue un día cualquiera. Fue un día especial, donde fueron sembrados varios árboles jóvenes en el pueblo de San Andrés, municipio de Valverde. Agustín Cabrera Domínguez, Nacho Nadal, junto con el resto de familias y amigos, celebraron un día de emociones y alegrías, donde el teatro de la vida fue representado por primera vez por unas series de personas que fueron capaces de liberar sus recuerdos y de paso, homenajear a sus respectivas infancias y familias de otra época. Mientras todo esto sucedía en la mítica isla del Meridiano, el vértigo hacia estrago en mi cerebro, invadiéndome unas cascadas de lágrimas de impotencia por no poder vivir directamente tan importante momento con mis amigos. Sin embargo, una “morfina” de solidaridad calmó mi dolor de impotencia a lo largo del día, tras recibir las llamadas telefónicas de esos maravillosos amigos/as que un día no muy lejano conocí en El Hierro (Los Llanillos-Frontera). El teatro de la vida se hizo realidad y con ello la ruptura de ese miedo escénico que tanto preocupan a muchas personas a la hora de hacer teatro en recintos cerrados con público o en recintos abiertos.