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después del paréntesis>

Trabajadores – Por Domingo-Luis Hernández

   

Lo contó un conocido economista y tertuliano de la radio. Dijo que una empresa de España, cuyo nombre no iba a desvelar, le hizo al instituto de comunicación que él dirige la siguiente oferta: un joven para cuatro días a la semana por cuatro horas de trabajo a la jornada. Las condiciones eran muy estrictas: saber perfectamente inglés y contar con las garantías acreditadas de que dominaba cabalmente el oficio de redactor.

Cabe aducir, la exigencia en su cumbre: el nivel de un país como España se acredita por ello; es decir, ha de estimarse que los arquitectos de aquí hacen edificios bonitos y no se les cae la cornisa poco tiempo después de inaugurados. Bien. El asunto que sin embargo desveló anonadado el economista en cuestión resulta espeluznante: el suelo. Por esa formación, por esos valores profesionales, por esas horas de faena, la persona elegida cobraría ¡200 euros!

Uno mira el asunto con perspectiva y se dice, ¿qué ocurre aquí? Respuesta: algo parecido a lo que viví hace mucho tiempo ya en Brasil: muchos para trabajar y poco trabajo que repartir; luego, o aceptas lo que se te ofrece o el siguiente de la lista. Quiero decir que el asunto ha de interpretarse como algo más que una canallada de la empresa dicha; esa no es la cuestión. El asunto es que en un país llamado España la división es eminente: los que tienen y pueden ofrecer (como en el Brasil primitivo) y los que han de aceptar. Esa es la proporción, esa es la señal, el modo en el que aquí se actúa, el modelo. De manera que la pregunta es pertinente: ¿quién protege en una sociedad avanzada, responsable y consecuente eso que se llama dignidad? Porque es la dignidad quien define, pondera y defiende a una comunidad avanzada, responsable y consecuente. ¿Quién protege la dignidad?

Miramos atrás, entonces, y descubrimos. Descubrimos a una de las patronales más aberrantes del mundo, que produce náuseas a las otras patronales de países avanzados y de nuestro entorno como Alemania o la Gran Bretaña. Se me dirá que lo privativo del capitalismo es la riqueza, de empresas productivas y con cuanto más beneficios mejor. Cierto. Así compite Bayer o así compite Volkswagen, no que mientras ellos suben un 30% de beneficios sus trabajadores bajen el 20. Eso no se lo pueden permitir los generadores conscientes y comprometidos de la riqueza de un país, porque el reparto no solo es su norma sino su futuro.

Dicho de otro modo, con estas expectativas, ¿qué ocurrirá en la España que comienza a aterrarnos? Probablemente, que cada vez haya más reacciones similares a las de Burgos y que no habrá distracción alguna entre los pobres y desesperados al identificar la atalaya desde la que se mira y propicia el sueldo manifiesto de 200 euros: el gobierno de España. Eso identifica a la reforma laboral de PP, un regalo a la patronal señalada, un tributo indiscriminado al descrédito y una señal: gobernar para los que gobierna es gobernar en contra de los que no caben en su gobierno. Que este país tenga el segundo sueldo mínimo (después de Grecia) más bajo de la Unión Europea, no es un honor, es una condena; que un tanto elevadísimo de trabajadores en España estén al borde de la exclusión social, tampoco; y que una comunidad que se precie se mueva con el índice de economía sumergida con la que España se mueve, es su retrato: el retrato siniestro de la mentada indignidad.
Trabajadores.