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Urbanismo y poesía (yII) / Anadón – Por Juan Manuel Bethencourt / Juan Cruz

   

Urbanismo y poesía (yII) – Por Juan Manuel Bethencourt

Me solicitan algunos amables lectores profundizar un poco más en esa simbiosis, que entiendo bien encaminada, entre la poesía y la gestión del territorio. En primer lugar, he de subrayar, querido Juan, que la ciudad es por encima de todo un espacio de intercambio, cuestión nada baladí que la eleva hasta la condición que merece, la de una de las principales creaciones producto de la combinación entre razón y emoción humanas. La ciudad, el milagro de la convivencia entre miles o incluso millones de personas, todas distintas -cuanto más distintas, tanto mejor-, es el hecho civilizatorio por excelencia. La ciudad es un impulsor de la tolerancia, la creatividad y la belleza, lo cual nos conduce directamente a la emoción que produce la poesía. ¿Has pensado alguna vez por qué te gusta tanto Madrid? Si me lo permites, contesto por ti. Porque, como le escuché decir una vez a Millás, Madrid nunca te pregunta de dónde eres. Un economista estadounidense de gran talento, Edward Glaeser, recuerda en sus libros y artículos una evidencia que a veces se nos escapa: la ciudad está hecha de carne, no de hormigón. Y la buena ciudad, como la buena poesía, persigue la perfección pero ha de hacerlo desde una perspectiva humilde, pues, igual que no existe el verso perfecto -César Aira escribió en Varamo una fábula divertidísima sobre esta cuestión-, no hay política sobre el territorio capaz de solucionar todos los problemas. Una cita: “Al margen de condicionantes político-administrativos, se plantea la cuestión de cómo debieran modularse los objetivos a adoptar por un Plan en función de las capacidades de quien haya de realizarlo. A este respecto, objetivos como el primero y más genérico (descongestionar y redistribuir) no resultan alcanzables por la vías de una ordenación cerrada y monolíticamente perfecta, que no encuentra gestor capaz”. ¿Sabes quién lo escribió? Tu amigo José Ángel Domínguez Anadón en 1982. Me lo recuerda otro urbanista y poeta madrileño-palmero, Joaquín Mañoso. Y se lo agradezco.

Anadón – Por Juan Cruz

Qué alegría me da que introduzcas en este diálogo que mantenemos ese nombre propio, José Ángel Domínguez Anadón. A su lado (fue tan generoso que me dejó vivir en su casa, me regaló una máquina de escribir, corrigió con tino mis primeros libros) aprendí la importancia social y cultural de la ordenación del territorio; en Madrid, hace unos días, escuché al geógrafo Eduardo Martínez de Pisón algo que me parece que resume lo que me estás diciendo en tu entrada: la geografía, para esta autoridad en la materia, es el origen de la poesía. Pues sin territorio no hay ni sentimientos; es decir, el hombre extraviado, el hombre extrañado en su territorio, en un náufrago en la tierra; la identidad misma del hombre se conforma en función del lugar que habita, y no es necesariamente patriótica (o nacionalista, querido Juan Manuel) esta aseveración: la patria, la nación, el sitio en el que uno nace, pierde vuelo cuando excluye el viaje a otras patrias, a otros lugares. Yo tiendo a pensar en una geografía de islas remotas, de lugares inexistentes a los que uno aspira, de sitios donde uno sea a la vez de un lugar y de todo el mundo. Creo que cualquier reclusión en el terruño como sitio en el que no caben otros conduce fatalmente a la reducción de lo que es el territorio de la memoria, que se hace con la acumulación de factores, de viajes, de conocimientos, de respiraciones y de idiomas diferentes. Recuerdo, por volver al buen amigo Anadón, sus noches en vela buscando soluciones públicas para el espacio urbano de la isla; ese denodado esfuerzo no era tan solo una obligación profesional: era el suyo un instinto poético para consolidar lo que su mente le iba diciendo sobre la escritura urbana del futuro. Pues la geografía es, en efecto, el origen de la poesía pero, como ésta, es rabiosamente humana, como la tierra.