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Venezuela, hacia el abismo – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Venezuela vive un proceso de tintes democráticos regeneradores, nacido espontáneamente en las entrañas mismas del pueblo llano, sin coordinación y liderazgo efectivos, por mucho que el oficialismo encabezado por un desprestigiado presidente Maduro afirme lo contrario. La pura verdad sobre los movimientos populares iniciados por los estudiantes y seguidos por numerosos grupos de ciudadanos en todos los estados del país radica única y exclusivamente en el hartazgo de un régimen político totalitario incapaz de resolver ni uno solo de los enormes problemas que presenta hoy Venezuela. Tras 10 meses como sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro se ha mostrado como lo que es: un más que gris burócrata seudocomunista perfectamente incapaz de sintonizar con su pueblo, sin el menor carisma, ayuno absoluto de credibilidad, con dificultades para expresarse y hacerse entender en sus largas pero vacías peroratas radiotelevisadas por decreto al estilo Chávez, a las que también se ha aficionado quien en los mentideros políticos es considerado su alter ego, Diosdado Cabello, el antiguo militar golpista, hoy millonario, presidente de la Asamblea Nacional, capaz de corregir, puntualizar y hasta desdecir a Maduro con la mayor impunidad, sin que el presidente se dé por aludido.

Desabastecimiento y control
La política nacionalizadora-expropiadora dejada en herencia por el chavismo la ha continuado Maduro en un ejercicio irresponsable de conversión del Estado en empresario, importador y suministrador de todo tipo de bienes y servicios. Las empresas desaparecen y los pequeños comerciantes cierran sus negocios ante el clima de amenazas y multas que soportan. Porque, según el régimen, son culpables de las subidas de precios, del desabastecimiento, de las colas, de todo. Por eso son expropiados y lanzados a la furia de una opinión pública desesperada por la falta de productos de primera necesidad. Aquellos comerciantes que no son considerados amigos de la revolución bolivariana no reciben divisas, o sencillamente ven aplazada su entrega, con lo que no pueden importar.
Es el caso de los empresarios de prensa críticos con el poder, que se están quedando sin papel, han reducido páginas en los periódicos o incluso han tenido que cerrar. Las colas ante los establecimientos de alimentación forman parte del paisaje urbano. Productos esenciales de la cesta de la compra suelen faltar a veces durante semanas. Además, están racionados, con lo que sólo se pueden comprar hasta el siempre modesto tope dispuesto por el gobierno. La situación es peor que en Cuba y el lógico malestar social va en aumento. ¿Cómo es posible que un país tan rico como Venezuela haya podido acabar así y deba soportar tanta penuria?, se pregunta el ciudadano medio. La respuesta sólo puede ser una: la pésima gestión gubernamental y la galopante corrupción en los aledaños del poder y en las Fuerzas Armadas. Con una crisis económica agravada por la deuda, el déficit público, una inflación y un desempleo crecientes, el régimen no es capaz de rectificar una trayectoria que inevitablemente conduce al abismo. Por perder, Maduro ha perdido hasta la calle, un argumento fundamental para los seguidores del chavismo. Aislado y contestado dentro de su propio partido, el presidente se muestra arrogante y excluyente, implacable perseguidor de la oposición, a la que llama fascista a cada paso y culpa de todos los males de un país partido en dos en el que ese casi 50% que votó a la oposición no cuenta para nada y es aplastado sin miramientos.

Violencia y amenazas
La inseguridad y la violencia son dos de los más serios problemas que debe afrontar el país. Con 24.700 muertes violentas durante el pasado año y millones de armas en poder de extremistas y gentes próximas al régimen -que en su mayoría se encargó de repartir el chavismo-, la gente está harta de atracos, asaltos y robos. Además, existen no menos de 280 bandas organizadas que integran unos 10.000 muchachos según el organismo Diálogo por la Inseguridad. También pululan los colectivos armados que, en número no inferior a 1.500, suelen circular motorizados y controlan barrios enteros a los que no acceden ni la policía ni el ejército. Se trata de grupos parapoliciales que apoyan la revolución. Cobran por proteger a comerciantes y pequeños empresarios, vigilan, controlan y amenazan a los sectores descontentos o contrarios a la revolución bolivariana y siembran el terror y la inseguridad. Esta queda reflejada en un dato oficial estremecedor: el año pasado fueron robadas en la calle a la policía 5.563 pistolas, que han pasado al mundo de la delincuencia. Algunos especialistas en seguridad ciudadana estiman que, dado el poder de que disponen las bandas en las grandes capitales del país -en algunos casos cuentan con armas de guerra y organización seudomilitar-, sólo grupos especialmente preparados del ejército o la policía serían capaces de acabar con una delincuencia desbocada, en muchos casos ligada al gobierno. Aunque Maduro les ha pedido que se disuelvan y entreguen las armas, siguen campando a sus anchas y se tiene constancia de que han intervenido contra algunos manifestantes, singularmente estudiantes, que se echaron a la calle durante los últimos días. Su botín, al menos tres muertos y centenares de apaleados y agredidos. A este desolador panorama es preciso unir las amenazas y persecuciones que soportan los periodistas independientes; los cada vez mayores controles, directos o indirectos, sobre los medios y sus propietarios; la práctica aplicación de la censura cuando conviene; la intervención de las redes sociales para tratar de apagar las numerosas protestas y denuncias que circulan por internet sobre violaciones de derechos humanos, maltrato a detenidos -que esta semana han llegado incluso a la violación y la práctica de la tortura-, detenciones arbitrarias, asaltos a domicilios particulares, etcétera.

Una figura con futuro
En este clima de desasosiego social se han producido las protestas ciudadanas. Son fiel reflejo de la crisis de gobernabilidad del país y del ahondamiento de la fractura social. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos hizo público ayer un durísimo comunicado en el que acusa al Gobierno de criminalizar a los manifestantes, abusar el uso de la fuerza y la tortura y perseguir penalmente a los críticos y disidentes políticos. Por su parte, el Colegio Nacional de Periodistas se queja de 55 detenciones arbitrarias, condena la expulsión de la corresponsal de la CNN en Venezuela y acusa a Maduro de censor y manipulador, así como de tolerar las coacciones, amenazas y asedios contra los medios de comunicación críticos.

Y, de pronto, ha surgido con fuerza la figura de Leopoldo López, líder del partido Voluntad Popular, economista formado en Harvard, un político brillante y carismático a quien Chávez veía como su mayor enemigo, de ahí que propiciara su inhabilitación por nueve años -que concluye precisamente en 2014-. La Corte Iberoamericana de Derechos Humanos, a la que recurrió López, estimó sus argumentos y condenó al Gobierno venezolano, que sin embargo no ha hecho caso del fallo y mantiene su inhabilitación. Aunque siempre acató el liderazgo de Henrique Capriles al frente de la Mesa de Unidad Democrática, que agrupa a toda la oposición, su figura se ha agigantado al fijar una postura más crítica y contestataria hacia el Gobierno, frente a la posición menos radical y un tanto conformista, dentro de la censura sistemática, de Capriles.

López fue acusado por el gobierno de terrorismo y homicidio tras las manifestaciones de Caracas y fue puesto en busca y captura. Se entregó voluntariamente a fuerzas del ejército que, por seguridad, lo trasladaron a la prisión militar de Ramo Verde. Allí le han tomado declaración y ha sido acusado de asociación ilícita, instigación para delinquir, incendio y daños a edificios públicos. Puede ser condenado a 10 años de cárcel, aunque los observadores dudan que el Gobierno, que controla la justicia con mano de hierro, se atreva. En realidad se trata de una papa caliente porque, haga lo que haga, la figura del joven político ya se proyecta en el horizonte electoral como la gran alternativa democrática a un chavismo en las horas más bajas de su historia y en lo que tiene visos de convertirse en un muerto viviente.