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A ver caer la muerte – Por Román Delgado

   

Este pasaje del horror más inhumano e indecoroso se pudo grabar a principios de mes en aguas de una playa repleta de desesperación, entre las suaves olas que acariciaban la arena tendida en el litoral de Ceuta, una ciudad africana en la que España sentó sus reales. Aquí, como también pasa en Melilla, en Canarias y en muchas partes de la Península que mira al Estrecho, el mar está acostumbrado a ejercer de eficaz disolvente de sangre humana con ADN de hombre o mujer de África, de gente que aspira a escapar del hambre, de la guerra, del desastre…, en busca de un poco de futuro en la tierra de los ricos, los desarrollados, los más avanzados y los que mejor venden sus capacidades y excelencias a la hora de proteger y garantizar los derechos humanos. El otro día, cerca de la orilla de Ceuta, al menos 15 personas murieron ahogadas, exhaustas e incapaces de mantener más la llama de la vida mientras una tropa de hombres de verde, de la Guardia Civil, miraban inmóviles, como si no fuera con ellos, el dantesco espectáculo del fin; mientras una tropa de gente que ahora no sé muy bien cómo calificar atendía órdenes y protocolos superiores ajenos a la dignidad humana. De ese grupo de salvadores de la patria, quizás para no incurrir en desacato, nadie se tiró al agua para alumbrar vidas, ¡qué va!, sino que, tal y como ha descrito en sede parlamentaria el ministro del Interior, el escalofriante Jorge Fernández, decidieron actuar al dictado y obviar la desesperación de sus iguales, de las pequeñas embarcaciones que eran personas, aunque de África, y querían pisar tierra, hacer pie en el lecho marino para esquivar la muerte, la peor de las angustias conocidas. Esta gente, hasta 15 hombres africanos que ya no están y pudieron ser salvados del definitivo paseo con sábana blanca, supo, al menos unos instantes antes de perder la conciencia, de lo que es capaz el desarrollo y la democracia: de hacer la vista gorda, en vivo y en directo, a la desaparición segura de gente digna que sólo aspira a tocar la tierra del progreso, para luego, en nada y como puro espejismo, tener que retornar, igual hasta sin zumo ni bocata, al suelo del que huían. Esa gente, hasta 15, quizás pensaba que las sombras verdes eran de hombres dignos, pero se equivocaron de todas todas. Estaban ahí para presenciar por decreto la muerte agitada con espectáculo de pirotecnia antidisturbio. Así se las gastan en España; así son de crueles y sinvergüenzas. ¿Qué pensaban? Da asco, mucho asco.

@gromandelgadog