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La verja mora – Por Rafael Muñoz Abad

   

Las alambradas que separan las plazas españolas del territorio marroquí son la anhelada y más inmediata frontera de aquellos que buscan una mejor vida. Un linde sur-norte que permeabiliza y hace buena esa frase de que en efecto, sí que hay otros mundos pero también están en este. Los recientes asaltos a la verja de Ceuta y Melilla vienen a escenificar que a la desesperación por escapar de la guerra o la miseria no hay ni cuchillas ni setos que se le interpongan. La pirámide demográfica europea es meridiana: el continente envejece y la población joven se atomiza en torno a la emigración procedente del tercer mundo. Los extrarradios de Londres, Marsella o París ya son Little Lagos o Le petit Argel respectivamente. Bolsas de marginación o guetos donde la alta demografía y el desempleo son el mejor vivero que el islamismo puede tener para establecer un granero de votos. Las mezquitas proliferan como hongos y sólo países [cabales] como Dinamarca o Suiza no esconden el discurso que supone una islamización mal entendida y bajo la oración del radicalismo. Un peligro latente del que no se habla bajo pena de que te llamen racista. La inmigración clandestina africana a Europa abarca un arco que se extiende desde el sur de Italia hasta las Islas Canarias. Un escenario que fluctúa según Marruecos se toma más o menos en serio los controles fronterizos. La política de inmigración ilegal de la UE es vaga: untar a dirigentes en Mauritania y Senegal para que estrechen el cerco a la salida de los cayucos y plegarse a los caprichos marroquíes. Pataletas en forma de licencias de pesca o naranjas, que como es habitual, las acaba pagando España. Ya pueden ser físicos o jurídicos, los muros nunca sobreviven a las necesidades humanas; y a la caída del muro de Berlín o al derrumbe de aquella loca normativa segregacionista que sesgó Sudáfrica durante medio siglo les remito. La verja mora aísla a un mundo del otro en el que miles de africanos son apaleados y abandonados por la gendarmería marroquí en el profundo sur alauí. Un serial de dramas anónimos de los que la amoral Europa nada quiere saber. Pues su lacayo marroquí le hace el trabajo desagradable; el que nos molesta en la sobremesa e incómoda en los medios: que no se vea lo que pasa al otro lado; ya no es nuestro problema.

Rafael Muñoz Abad del CENTRO DE ESTUDIOS AFRICANOS DE LA ULL
cuadernosdeafrica@gmail.com