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Wert se arruga – Por Fermín Bocos

   

Verba volant. Las palabras se las lleva el viento. Lo que cuentan son los hechos. En su día, el ciudadano José Ignacio Wert, a la sazón ministro de Educación, Cultura y Deporte, se jactó de tener el coraje que hay que tener para soportar las críticas. Más aún: proclamó que se crecía ante la adversidad. “Yo sólo tiro la toalla al salir de la ducha” -dijo, con frase digna de mármol de las canteras de Chamberí. Era un farol. Ante el temor a ser abucheado durante la gala de los Premios Goya, se ha rajado. El Cine con mayúscula depende del Ministerio que preside. Si renuncia a estar presente en la gala anual de un gremio por el que se supone que debería velar -cobra por ello-, lo lógico, incluso lo decente, es que renuncie. A nadie le obligan a ser ministro, pero algunos se pegan por pillar una cartera ministerial. “¿Ministro? Por supuesto. Aunque sea de Marina”- contaba el viejo chiste. El cargo tiene grandes ventajas y algunos inconvenientes. Los primeros colman todos los registros de la humana vanidad. La erótica del poder, el culto a la personalidad, los rebaños de aduladores, las llamadas para salir en los telediarios, en fin, lo que todos sabemos y no pocas veces padecemos. Sobre los inconvenientes, a priori, nada está escrito y mucho dependen de la forma de gobernar o de la naturaleza de los proyectos que impulsan los titulares de los ministerios. Si un ministro como el que nos ocupa pone en marcha una ley para la que sólo consigue el apoyo del Grupo Parlamentario del PP y concita el rechazo de los restante grupos y partidos del arco parlamentario, a nadie le puede extrañar que vaya a dónde vaya tropiece con un bosque de discrepantes. O tenga que navegar salvando los embates de la “marea verde”. Si para más inri, resulta que forma parte de un Gobierno que nos cruje a impuestos y demuestra tener escasa afinidad o simpatía por el gremio del cine -“los titiriteros” les han llamado de manera despectiva, alguna vez-, pues ya tenemos servidos los componentes de una mezcla explosiva en términos de crítica y oposición. Pese a todo, creo que en la noche del domingo, el lugar del ministro Wert estaba en una de las butacas del auditorio madrileño en el que se celebraba la Gala de los Goya. Tengo para mí que dejar solo al secretario de Estado, José María Lasalle, no ha sido precisamente un acto de gallardía. Como buen cántabro, Lasalle capeó con dignidad el temporal salvando la cara del Gobierno. Lo del compromiso londinense de la agenda del ministro no se lo ha creído nadie. Sencillamente, se arrugó al saberse solo ante el peligro de las más que seguras críticas de las gentes del cine. Mal ejemplo. En democracia hay que estar a las duras y a las maduras.