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Winston Churchill – Por Luis Ortega

   

En un pueblo donde nunca pasaba nada o, como decía Díaz Duque, “lo poco que pasaba era obligada noticia”, brillante efeméride o bochorno aparatoso. La visita de Winston Churchill (1874-1965) sacudió la capital de la isla del ensimismamiento, se impuso un asueto laboral y los estudiantes, párvulos y mayores disfrutamos de una vacación extraordinaria. De aquel día -24 de febrero de 1959- se cumplen 54 años y de la muerte del estadista, ocurrida un 24 de enero, cuarenta y ocho. Hijo del Duque de Marlborough, oficial del ejército, ejerció -como antes lo había hecho su padre- altos cargos en la administración y el almirantazgo, fue primer ministro entre 1940 y 1945 (cuando ejerció un inteligente liderazgo entre los aliados frente a la Alemania nazi y la Italia fascista) y 1950-1955. Con fama universal por su papel en la II Guerra Mundial, fue una rara avis de la política por el amplio espectro de sus aficiones -la literatura, la pintura y el coleccionismo- y por la independencia de su criterio frente a decisiones y disciplinas partidarias. En las tres ocasiones que visitó el Archipiélago canario (1959, 1960 y 1961) lo hizo como invitado especial del magnate griego Aristóteles Onassis y en el lujoso yate Christina y la primera, que incluyó escalas en Gran Canaria, Tenerife y La Palma, fue la más larga y la que incorporó algunas excursiones interiores. Fondeado en la bahía palmera, las barcazas con los ilustres viajeros arribaron a las desaparecidas mesetas y el naviero y el aristócrata, acompañados por sus respectivas esposas Athina y lady Clementine, realizaron un recorrido por la capital (entonces libre de los adefesios de la especulación urbanística), por los municipios gemelos de Las Breñas, Mazo y Fuencaliente, donde bordearon el volcán de San Antonio, uno de los cráteres más perfectos de la comarca sureña, colonizado ya por exultantes pinares. Para los eruditos quedó la memoria del papel estratégico que las Islas pudieron jugar en la conflagración internacional, y para la memoria popular la imagen bonachona del estadista que respondió con sonrisas y su clásico gesto de victoria a cuantos paisanos le aplaudieron. Recibió de mi amigo Roque Concepción el regalo de una caja de puros palmeros y, a su vez, como correspondencia a la negativa del taxista a cobrar sus servicios, le brindó otra de habanos con una sonora dedicatoria -“De Churchill a Nelson”- porque ese era el nombre del conductor conocido por Niño Bueno.