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Ya me puedes llevar – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Dos mamarrachos con carné de servidores públicos han maniobrado entre tinieblas hasta conseguir que cesen a Pedro J. Ramírez de su cargo de director de El Mundo. Desde sus nichos, un palacio para cada uno, han sumado sus fuerzas a las de la oposición para intentar apagar la voz que sacaba a luz sus vergüenzas y, lo que es peor, sus abusos. Han elegido apagar la mañana en lugar de responder a su desafío. Lo comento en este periódico, que no es el suyo, porque toda la prensa sufre por igual cuando se cortan las alas a la libertad de expresión responsablemente ejercida. Diario de Avisos es un referente en ese sentido.

Y comento el cese de Jota en esta sección porque he asociado las ideas tras leer el texto que la palabra de Dios nos ofrece hoy, uno de esos episodios cumbre de la literatura bíblica. Me refiero al llamado Nunc dimittis, el canto con el que el viejo Simeón da por bien vivida su vida después de haber visto a Jesús. No es que equipare yo al personaje con el periodista, ¡ni mucho menos! Es que he asistido a la despedida de Pedro muy de cerca y, detrás del dolor, he leído en su rostro serenidad por el trabajo bien hecho. Luego, ya se sabe, cada uno tiene lo suyo… Santo, sólo es Dios.

Después de esta liberación personal, invito a mis lectores a disfrutar de las sensaciones de Simeón. Dice el evangelista Lucas que el anciano era un hombre justo, que buscaba el rostro de Dios y esperaba día tras día una razón para ser verdaderamente feliz. Había soñado que sus huesos no caerían en el sepulcro sin haber visto antes a la fuente de la felicidad verdadera.

Y eso ocurrió la mañana en que María y José llevaron el niño al templo para cumplir con la tradición de presentarlo a Yahvé. Un día que nació como otro cualquiera: el mismo sol, el mismo viento que acaricia la piel de quienes madrugan, las mismas calles… Y aquel mismo recorrido que durante años el viejo Simeón había emprendido de su casa al templo, donde esperaba el cumplimiento de la promesa.
Y entonces, de repente, los días interminables llegaron a su fin. Allí estaba el niño, semilla de la alegría sin final, su consuelo tras las horas vacías, la recompensa por haber sabido dirigir sus pasos cada mañana de suave viento hasta el lugar de la espera.
¡Ya me puedes llevar contigo, Señor!, fue la respuesta del anciano, reconciliado ahora con la vida, de nuevo enamorado de los amaneceres. “Ya lo he visto”, fue su único argumento.

En medio de la algarabía del entorno y a pesar del tozudo jaleo que es la Historia, Simeón fue capaz de reconocer a la única razón para mantenerse en pie. Este mundo nuestro, apasionante y febril, ofrece mil puertos en los que descansar, algunos buenos. Todos, apenas una escala de usar y tirar.

Nuestro descanso es Dios, es el mensaje de este domingo. Si no es así, seremos unos cualquiera vendiendo una mercancía más o menos espiritual en el peor sentido de la palabra. Esperar contra toda esperanza, acudir al lugar del encuentro, buscar su rostro y no desear otra cosa es el perfil del cristiano que pide la Iglesia y por el que suspira el mundo.

@karmelojph