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El adiós a Suárez – Por Francisco Pomares

   

Un viejo dicho asegura que con los políticos ocurre exactamente lo mismo que con los edificios o las madamesde las casas de señoras, que el paso del tiempo los vuelve honorables. El caso de Adolfo Suárez es a mi juicio bien distinto. Hoy es sin duda un personaje querido y añorado por los españoles, y su ejecutoria histórica se ha agigantado. Pero Suárez no fue siempre un personaje apreciado: detestado por los franquistas que lo consideraban -probablemente con razón- un traidor, y por la derecha política a la que desplazó del poder, Suárez no tenía grandes defensores en la izquierda, con la excepción de Carrillo, con quien cerró el acuerdo político de legalización del PCE que legitimaría la Transición y consolidaría a la Monarquía. En aquella época, Suárez era despreciado por el PSOE y por sus votantes, por la derecha conservadora y por los fascistas. Acabó siendo detestado por sus colegas de UCD, que hicieron todo lo posible por sacarlo del poder. Llegó incluso a perder el favor del Rey, y -desde luego- el de los españoles que le habían votado, que no respaldaron su experimento del CDS y le dejaron prácticamente fuera del juego político. Sin embargo, Suárez es hoy uno de los personajes más queridos y admirados de nuestra historia reciente.

No creo que pueda atribuirse ese cambio en la opinión ciudadana a las relecturas de su papel en el 23-F, realizada por Javier Cercas -Anatomía de un instante- o de su propia biografía, en el último libro de Manuel Vicent -El azar de la mujer rubia-. Tampoco creo que tenga únicamente que ver con la simpatía que su tragedia familiar pueda haber despertado en los ciudadanos. Menos aún en la torpe utilización de su legado político llevada a cabo por su hijo.

Si Suárez es hoy un personaje apreciado y valorado es sobre todo, creo yo, porque en él confluyen dos aspectos que despiertan el reconocimiento general. Uno es el fracaso: después del éxito casi milagroso de la Transición, Suárez lo perdió absolutamente todo como político y su vida personal se hundió estrepitosamente. El fracaso provoca casi automáticamente el afecto de las personas sencillas. Y luego está, sobre todo, la comparación de este político, reconocido en su día como un hábil oportunista, con la mayoría de los que nos toca soportar ahora. Los políticos de la Transición se nos antojan gigantes comparados con los de ahora. Su capacidad de alcanzar acuerdos, su arrojo personal frente a las dificultades, y la defensa de intereses que entonces nos parecían comunes, los hacen grandes frente a lo que hoy nos toca. Probablemente, no es que Suárez nos guste tanto a todos. Quizá sea que la mayoría de los de hoy nos dan asco.