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Adolfo Suárez – Por Luis Ortega

   

Cada día y con cada opinión, la figura de Adolfo Suárez González (1932-2014) se agiganta para los lectores conscientes por la cuantía, variedad y calidad de los elogios, sinceros, dolientes, o correctos. Mientras descansa, junto a su esposa Amparo Illana, en la Catedral de Ávila, crece su sombra ayudada por la mediocre realidad que imposibilita acuerdos de amplio espectro entre las fuerzas políticas y los agentes sociales, ante la gravedad de una crisis que, según las previsiones y pese a cierta mejoría, tiene aún un largo recorrido. Nadie puede negar el patriotismo y convicción democrática de este abulense, estudiante mediocre y profesional de la cosa pública, formado en las filas del Movimiento -se escribía con mayúsculas- ni su capacidad de diálogo y negociación; ni aún en los peores momentos, cuando el terrorismo de izquierdas y derechas atacaba y amenazaba a unos militares formados en el autoritarismo, cuando la invención de Unión de Centro Democrático se convirtió en un nido de intrigas y traiciones y los más listos y rápidos buscaron salidas y opciones de futuro inmediato. Por razones profesionales le conocí cuando ocupaba la dirección general de RTVE y los trabajadores con contratos precarios demandábamos unas oposiciones que nunca llegaban; posteriormente, ya en la presidencia del Gobierno, le acompañé en algún viaje y, después de su dimisión, y no sin alguna advertencia de los responsables del medio público, le entrevisté para hablar de su recién fundado Centro Democrático y Social. Medió en las gestiones mi paisano Fernando Fernández, que le acompañó en aquella breve y bienintencionada aventura.

Recuerdo su corrección y su simpatía, su inteligencia natural, traducida en respuestas rápidas y, sobre todo, la generosidad con la que trató a todas las personas que se acercaron a él. El desaparecido Francisco Umbral, con su atinada acidez, advirtió de la vulgaridad de los escribidores que sirvieron a sus funciones públicas y yo añado a los que se atrevieron a interpretarle en las memorias que, primero por su discreción y condición de hombre de estado, y después por su terrible enfermedad, le impidieron hacer personalmente. Ni Luis Herrero, en un libro penoso y con malas críticas y ventas, ni Onega, en el ejercicio de vanidad de “puedo prometer y prometo”, y comparsa de una reciente y poco graciosa charrada, estuvieron a la altura de un personaje hecho por su exclusivo talento y habilidad y, en las horas decisivas, curtido en la desgracia y la soledad y con el apoyo de una familia admirable.