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Santiago Santos: “A la gente mayor le maravillo y se pone nostálgica”

   

VICENTE PÉREZ | Santa Cruz de Tenerife

La vida del cubano Santiago Santos Carriles ha dado muchas vueltas, como las que da a la rueda con la que se gana la vida afilando cuchillos. Un oficio del que es uno de los últimos representantes visibles en Tenerife que recorre a pie ofreciendo sus servicios con el tradicional silbato de afilador. Su abuela, de La Laguna, se fue a Cuba en 1904, donde, tres años más tarde, se casó con su abuelo, natural de Orense, que sacó adelante a la familia con este medio de vida.

“Ya soy la tercera generación de afiladores, por eso utilizo el pito que hace casi 70 años ya empleaba mi padre”, explica este hombre de complexión fornida mientras, sombrero en mano y ataviado con un delantal blanco, hace sonar el ensordecedor reclamo por la capitalina calle del General Serrano, donde tiene además un pequeño taller de reparación de calzado. “Vine hace tres años de Cuba, y me voy ganando así la vida; no me haré millonario, pero sí me da para sobrevivir”, explica Santiago, que vive en Tenerife con su esposa, aunque sus dos hijas, de 16 y 22 años, permanecen en la isla antillana.

Santiago Santos afilador de cuchillos

Santiago Santos. | FRAN PALLERO

Confiesa que vino de su tierra natal “a probar suerte”, porque había oído hablar de Canarias a su familia. “Y nada más llegar me gustó esto”, apostilla este cubano con sangre tinerfeña, quien, en Cuba, había conocido de su abuela, e incluso de su padre, “ese deje típico de los canarios”, incluso algunas palabras que solo usaban allí los procedentes de las Islas, sin olvidar la presencia, muy normal allí, del gofio en la dieta.

Santiago residía en la provincia cubana de Sancti Spíritus, donde estudió bachillerato y trabajó en la agricultura y oficios artesanales como este, pues en su país natal todavía se repara y se reutiliza casi todo.

Fue él mismo quien, ya en Tenerife, se construyó la rueda de afilar que mueve mediante un pedal, provista de dos piedras de esmeril, “una para desbastar y otra para asentar”. Un aparato que hizo a imagen y semejanza del que tuvo su padre, y que pasea por las vías públicas del área metropolitana. “La gente más joven”, comenta Santiago, “me mira asombrada porque no saben bien lo que es, pero los mayores se quedan maravillados de otra forma: saben cuál es mi oficio, y les recuerda tiempos pasados, les llena de nostalgia”.

Suele hacer grandes caminatas, la mayor parte de las veces por Santa Cruz, donde sus principales clientes son bares, restaurantes y carnicerías, que precisan tener siempre bien afilados los utensilios de cortar. Alguna que otra ocasión sube hasta el casco de La Laguna, en tranvía, y fue allí donde una vez llegó a coincidir con otro afilador, “y nos saludamos y todo, aunque él iba en furgoneta, no a pie, como yo”, puntualiza.

Nunca se separa del ya desgastado silbato armónico que heredó de sus antepasados, reliquia de un tiempo que él evoca cada vez que emite la estridente llamada. “Yo vivo de esto, pero además tiene un valor sentimental para mí, pues me acuerdo constantemente de mi abuelo”, se sincera, mientras, gira que te gira, la rueda ha ido pasando por un machete de cocina durante la entrevista, y el filo ya corta bien, brillante como la mirada de Santiago cuando habla de su abuela lagunera.