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Un año de gestos – Por Fran Domínguez

   

Hace justo un año, uno estaba aquí mismito, en estas cuatro paredes que encierran Nota bene, dándole a la tecla sobre la elección del papa que iba a sustituir al dimisionario Benedicto XVI en la silla de San Pedro, y que a la postre, y de manera sorpresiva no figuraba en las correspondientes quinielas-, sería el jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio, hincha confeso del San Lorenzo de Almagro. Desde el primer día supimos que el papa Francisco iba a dar juego a sabiendas del poco margen de acción que se tiene en esa santa casa y la habitual aversión a lo que huela a progresismo.

Ha cumplido un año en el cargo o puesto o como ustedes lo quieran llamar, doce meses en los que han proliferado gestos y buenas intenciones. Acostumbrados a pocos amagos más allá del observante protocolo vaticano, Bergoglio ha hecho esfuerzos por airear la Sede Apostólica, ha insuflado nuevos bríos, ha sorprendido por su cercanía, por sus declaraciones (no tan contundentes como cabría desear en algunos casos), y por su vehemencia en la condena de hechos bélicos y execrables (la guerra civil en Siria y la tragedia inmigratoria de Lampedusa). Francisco se ha convertido en el imperante mundo de las redes sociales en un papa mediático (tiene más de 11 millones de seguidores en Twitter, por ejemplo). Sin embargo, el vivaz barniz que ha supuesto su irrupción apenas llega a disimular los verdaderos y necesarios retos que debe afrontar esta entidad bimilenaria que transita por un mundo rabiosamente cambiante y desacorde con el anquilosamiento; entre ellos, democratizar una estructura burocratizada y aferrada a la jerarquía, cambiar de una vez por todas el rol secundario de la mujer en el entramado eclesiástico y abordar cuestiones como el celibato del clero -por citar algunas disfunciones-; además de la necesidad de levantar bien la alfombra para pasar la aspiradora y limpiar casos de corruptelas y de irregularidades financieras, por no mentar cuestiones escabrosas como la pederastia. Con la designación de un nuevo papa siempre se abren interrogantes sobre el futuro de una institución como la Iglesia católica que tiene bajo su égida a unos 1.214 millones de fieles (cifra arriba, cifra abajo), unas interrogantes que, también casi siempre, se difuminan al instante ante una previsible respuesta: el inmovilismo. Como todo en la vida, una vez concluya su pontificado se sabrá la auténtica y real dimensión de Bergoglio, al que le quedan todavía muchos gestos pero al que, sobre todo, se le piden hechos.