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Antonio Tejero Díez – Por Luis Ortega

   

La esperada muerte del primer presidente democrático no mereció previos tan cutres como los montados por Evole, un bluff posible por la mediocridad cultural que cuelga de las crisis, y por el teniente coronel Tejero – digno hijo de su padre – que cocinó una paella para celebrar el aniversario del fallido golpe del 23-F. Para colmo, apareció una sotana indigna – a Dios lo que es de Dios y al César lo suyo – otro hijo del rebelde que, con ira y clergyman, mintió al llamar el festín fascista una reunión fraterna, familiar, con condenados por traición a la patria o rebelión militar. En ambos casos, al informador catalán – que no hace bromas con la independencia del “pequeño país del norte” – y al chulesco Tejero junior, la provocación u ocurrencia les salió barata. A cambio de cinco millones de espectadores, el primero seguirá en el imperio Lara – que enciende velas a al gobierno y oposición a la vez – y con una fama ganada por morro, demagogia propia y novelería y estulticia ajena. Al golpista moral que, con pocas narices no asume su responsabilidad y disimula, sólo le costó el puesto del Grupo de Reserva y Seguridad, con sede en Valdemoro, lugar de la conmemoración de un bochorno que superó, por bajeza y ordinariez, todas las asonadas del XIX. La misericordia divina impidió que ese terrible mal, que se lleva nuestros recuerdos e identidad, llegara al llorado Adolfo Suárez; porque ambas bufonadas, sin ninguna originalidad y con sus diferencias, merecen la misma reprobación moral. Desde hace unos días leo, escucho, veo, elogios al patriota y al estadista que, para empezar, perdió la confianza real después de hacer el trabajo duro y sucio; sufrió la indiferencia, la traición e incluso el olvido de los suyos, algunos reciclados de un régimen totalitario y otros salidos de la nada; leo, escucho y veo, lamentos de circunstancias y lágrimas de cocodrilos de algunos que participaron de buen grado en una afrentosa charlotada que recuerdan, con una mezcla de repulsión y pudor, tantos españoles como vieron su anunciado estreno. Hace años me decía un conocido que, contra la austeridad de la regla frecuentaba un lujoso restaurante de Santa Cruz y colaboraba en el desaparecido vespertino tinerfeño. “Además de la vida eterna, que es la razón la de nuestra fe, aquí abajo todos pagamos por lo que hacemos, tenemos lo que merecemos; es decir, todos los puercos su sanmanrtín”. No siempre ha sido o será así, recordado padre Sierra, pero algunos de los más conocidos plañideros tendrían, por mero recato, que esconderse durante algún tiempo.