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Barnaba Chiaramonti – Por Luis Ortega

   

La víspera, un artesano de máscaras y caretas, recibió un raro encargo y, después, el primer día de la primavera de 1800, vio como el cardenal Doria tocaba a su colega Barnaba Chiaramonti (1742-1823) como obispo de Roma y jefe de la cristiandad con la tiara de papel maché y purpurina, que realizó totalmente convencido de que se trataba de una broma. Con el nombre de Pío VII -en honor de su tío y protector (Pío VI) que lo dispensó de los votos regulares, le concedió las dignidades máximas y lo formó y colocó en posición de sucederle, fue un pontífice más político que piadoso, al punto que algunos historiadores católicos valoran el acierto de San Malaquías que, en el siglo XI, y en sus apócrifas profecías, lo apodó aquila rapax, adecuado a la perfección para calificar al que fuera amigo y enemigo de Bonaparte. Tres años antes, en el obispado de Imola, defendió a los invasores franceses que impusieron la República Cisalpina.

“La igualdad -dijo en su mensaje navideño de 1797- no es una idea de los filósofos, sino de Cristo y no creo que el catolicismo esté en contra de la democracia”. No tuvo empacho en usar aquel birrete cónico de atrezzo, con tres diademas paralelas, la Triple Corona -símbolo del papado y de su soberanía sobre los estados propios, de su supremacía sobre el poder temporal y de su jerarquía moral sobre la humanidad- y en usar una astucia poco evangélica en sus cometidos. Trató con cortesía y sumisión al insaciable corso (primer cónsul en 1801; y en 1804, emperador) y acudió a su coronación aunque sufrió el desaire de ver como Napoleón se coronaba a sí mismo. A partir de entonces, Pío VII resistió tibiamente las presiones para el bloqueo de Inglaterra y el dominio efectivo del continente; la invasión de los territorios papales en 1809 y el confinamiento en Savona y el destierro en Fontainebleau fueron el castigo de su otrora amigo y sólo los reveses y derrotas imperiales lo devolvieron a su residencia y sus funciones. En el animado Congreso de Viena (1815), que reordenó Europa tras la marea bonapartista, tuvo una actitud dialogante pero poco efectiva; recuperó, aunque mermados en extensión, los estados pontificios y postuló “el régimen constitucional para todas las naciones”, con la excepción de los territorios bajo su jurisdicción. El signo más notable de su pontificado de veintitrés años es el suntuoso sepulcro que le construyó el danés Bertel Thorvaldsen (1770-1844), que fue la primera intervención de un artista extranjero en la decoración interior de San Pedro del Vaticano.