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Benedicto y Francisco – Por Luis Ortega

   

Mañana se cumple el primer año de pontificado de Francisco, el Papa del Fin del Mundo (léanlo de modo geográfico no apocalíptico) y los 13 meses de la renuncia de Benedicto, el intelectual cansado de lidiar durante ocho años con asuntos alejados totalmente de la fe -la pederastia y la corrupción- y absolutamente reprobables. Fue necesaria la valentía de Ratzinger -que no pudo limitar el poder omnímodo de la curia ni las derivas a derecha e izquierda de las iglesias nacionales- para que llegara este mandato de esperanza que, según distintos analistas, intentan boicotear los sectores más integristas de la Iglesia católica. En el eremitorio Mater Eclesiae, el teólogo alemán cumplió su ochenta y seis aniversario en su merecido retiro, ocupado en la oración, la lectura de textos sagrados y ensayos teológicos, el piano (y sus compositores favoritos Mozart, Bach y Beethoven) y, tal vez, en la escritura, aunque este extremo nadie lo afirma ni lo niega. En la residencia Santa Marta, donde se alojó durante el cónclave que lo elevó a la Silla de Pedro, el pastor argentino que, cada día huele más a oveja, cumplió setenta y siete años y, con decisión y mesura, impone un programa de reformas que reciclan el luminoso aggionamento del Vaticano II, preterido y anestesiado por la burocracia vaticana y por los mitrados que, durante el papado de Wojtyla, ya al pie de los altares, hicieron en sus diócesis lo que les vino en gana. Cuentan fuentes fiables que las relaciones entre ambos son “más que buenas” y, dentro de la estricta soledad y el exquisito respeto que caracterizan al pontífice dimitido, pensamos que es el primer y más firme apoyo que tiene este jesuita renovador que eligió el nombre del Pobrecillo de Asís para abrir una época de diálogo, apertura y misericordia. A su vez, Bergoglio -a quienes quisieron intimidar los integristas desde que era arzobispo de Buenos Aires y a quienes informan interesadamente los sectores de la resistencia integrista- es un amigo agradecido de su antecesor, que le dio la oportunidad de retornar, con todas las bendiciones y todas las consecuencias, a la letra y al espíritu del Evangelio. Ambos rezan mutuamente por la salud de cada uno, mientras los “cisnes colorados” -como llama mi quiosquero a algunos obispos que, al amparo de la distancia mantienen alegatos inclementes y justicieros- entonan el que puede ser su último canto en una realidad eclesial cada vez más rica, cada vez más hermosa, cada vez más plural y al servicio, sin restricciones, de la fe y la buena voluntad. Larga vida a José y Jorge, o sea, a Benedicto y Francisco.