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El caso del presidente asesinadito – Por Jorge Bethencourt

   

Cuando el inspector entró la señora de la limpieza aún lloraba. “Tan joven… tan joven y tan buena persona que era”, musitaba como hablando con el escobillón. Sobre la alfombra persa yacía el cadáver del presidente con el mango de un puñal asomando por el pecho. El policía se acercó a la mesa acompañado de su asistente. “Coja usted esa pluma y esa carpeta de Mont Blanc, Rolando”. El ayudante, diligente, recogió los objetos en una bolsa de plástico. “¿Ve algo relevante para la investigación, inspector?”. “No. Es que me gustan”, le contestó algo abstraído el jefe. El policía encendió un habano y se repatingó en el sillón presidencial con la vista perdida en las celosías. “Apunte, Rolando, no ha sido Clavijo. Es obvio. El puñal ha sido clavado en un ángulo obtuso que no se corresponde con lo agudo que es el alcalde”. Cuánto sabe este hombre, pensó Rolando mientras apuntaba diligentemente las reflexiones de su superior. “Tampoco ha sido Castro, porque lo suyo habría sido más el veneno”. Rolando asentía apuntando las reflexiones del jefe que, repentinamente, saltó del sillón y se dirigió hacia la señora de la limpieza para despojarla de un tirón de la peluca morena con la que cubría un pelo rubio. “¿Verdad señora Oramassssss?”. Con una sonrisa de circunstancias la diputada se atusó el desordenado pelo natural. “Yo no he sido, inspector. Estoy aquí en labores de vigilancia”. En eso, la puerta del despacho se abrió repentinamente de una patada y José Miguel Pérez entró bufando. “¿Dónde está?”. “Aquí”, dijo Rolando respetuosamente, señalando al difunto. Pérez se acercó y con el pie derecho sacudió un poco el cuerpo del difunto. Sonrió, se secó la frente con pañuelo y sin mediar palabra salió como una exhalación del despacho. Entonces el cadáver bostezó, estiró los brazos y se levantó cansadamente de la alfombra. “Hoy me pasé con la siesta”, musitó con aire ausente. “¡Pero si usted está muerto!”, gritó desesperado el policía. El presidente le miró, sorprendido por la cantidad de gente que había en el despacho. “¿Muerto yo? ¿Pero no se ha dado cuenta de que la puñalada es en el corazón?… Una herida leve, agente. Una herida leve. Recoja los bártulos y váyase a trabajar si es tan amable”, se despidió el presidente abriendo la carpeta de decretos por firmar, de la que salió, siseante una venenosa serpiente de cascabel que apartó de un cansino manotazo.

@JLBethencourt