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Condena – Por Pedro Murillo

   

Llevamos siete años de queja y recortes, de salvaciones y condenas, de desastres compartidos y túneles huérfanos de luz. Siete años que van para una década de calles atestadas de gente sin esperanza, de policías y pelotas de goma. Años en los que no han parado el goteo de mujeres y hombres que ansían nuestra mísera porque el suyo es un abismo más grande y oscuro y se arriesgan a lacerarse las manos y el alma en las alambradas. Nosotros tenemos también las nuestras. Son concertinas invisibles pero presentes y sangrantes, testimonios de tantos que se quedaron en el camino, que optaron por una ventana abierta al vacío y no a la esperanza. Siete años con sabor desinfectante hospitalario, con urgencias atestadas y moribundas. Son años incomparables que han pasado volando como buitres siniestros y amenazantes. Años de añoranza y segunda mano, viviendo de prestado con el coraje que pudimos. Han sido días y minutos que nos robaron para culparnos en un proceso kafkiano donde todos éramos inocentes menos ellos, los que todavía se sientan a la mesa a un obsceno banquete pagado a base de plásticos, de ceros y unos. Somos más viejos, mucho más. Han sido y siguen siendo siete años que parecen milenios. Por eso muchos desarrollaron la consistencia de pirámide y se secaron manantiales enteros. Han pasado eones y generaciones perdidas en jardines laberínticos. Han sido dos gobiernos ineptos y una larga y eterna legislatura pavorosa y trágica. Ha sido una pesada digestión como si nos hubiéramos tragado una ópera de Wagner entera, sin vaselina y desgarro. Y ahora, una vez que el polvo de la dinamita esta reciente me planteo sin es conveniente la conjura de la risa o la militancia de la tristeza. Opto cada día por lo primero, pero antes no reniego de los que faltan, de los que se están quedando en el camino oligofrénico (mas de 350. 000 personas). Antes de todo, abogo como el gran Oliveiro, el que solicitaba el auxilio de los pájaros, su llanto necesario. “Llorarlo todo pero llorarlo bien”. Para lavar las heridas que arrastramos como cadenas, para reconstruirnos en nuestras celdas hipotecadas. Dicen que nos hemos salvado, que la brújula al menos ya tiene aguja. Sin embargo nadie sabe nada de la naturaleza del fondo de esta locura. Ya hemos llorado suficiente. A hora empieza a ser el momento del manifiesto y la risa, con toda seriedad ciudadana para a mandar a freír chuchangas a tanto sabio y burócrata.