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después del paréntesis > Domingo-Luis Hernández

Conócete a ti mismo – Por Domingo-Luis Hernández

   

¿Cómo es posible?, se preguntó. Porque es inopinado que un novelista que no es novelista se precise como tal y que incluso gane el Premio Canarias de Literatura, que un investigador que no es investigador aduzca tales valores en un currículum o que alguien pruebe su habilidad en las oposiciones a Cátedra con un libro de portada amañada que no contiene ensayo alguno sino las columnas de opinión de un periódico, como las que tú escribes, refirió. Farfullo, puro farfullo.

Yo concluí, después de otros ejemplos eminentes y visto su enfado, que el mundo tiene esa desgraciada estampa desde la constitución misma del hombre, una especie capaz de las maravillas más sublimes (como Bach, Velázquez, Faulkner, Borges o McCarthy) y de las peores atrocidades, un ser perdido, como ningún otro viviente en el universo, a causa de la destrucción.

Además, lo afeé, aferrarse a la apariencia no está mal; es productiva. En realidad, esos individuos de los que mi amigo hablaba (por un caso singular que me callo, claro) son los seres más pragmáticos del planeta, aunque vayan a misa y comulguen todos los domingos y festivos. Sólo creen en el presente y en los parabienes que la vida les da. ¿O no has oído hablar de un modelo para Canarias que no existe al Presidente tal? Viven por las reliquias que se cuelgan al cuello, como los escapularios de la Patrona o los distintivos del congreso con tu nombre y demás detalles productivos que te pegas a la solapa de la chaqueta. “Luego, el mundo es doble”, proclamó; eso es lo que tenemos que soportar. Entonces, ¿quién sufre más?, ¿los que andan al acecho y trabajan como condenados en pos de semejantes incentivos o los que no podemos renunciar a la dignidad? No supe contestarle si ambos o vaya usted a saber.

Futilidad, como el consumo, aduje por defenderme: la última televisión, el más logrado teléfono móvil, la táblet prodigiosa, el reloj de múltiples funciones… Y todo para registrar en la frente a fin de ser reconocido sin confusión. ¿Y qué?

Poco sutil la historia, de todas formas; confusa, concluí a la par de contrariado. Porque el mundo puede que sea así, pero los hombres no pueden repetirlo de ese modo, porque lo han de pensar. En esas andábamos cuando recordé un libro, Tempestad, del proverbio escritor libio Khalil Gibrán. Y lo acompañé bajo el brazo cuando nos volvimos a encontrar.

Gibrán reproduce ahí un sucinto cuento, de apenas media página. Se llama Conócete a ti mismo. Es la historia de Salim Efendi Deaibes, que una noche lluviosa de Beirut se vio sorprendido por la frase de Sócrates que da título al relato: Conócete a ti mismo. Proclamé que Khalil Gibrán nos quiere aleccionar en ese escrito sobre lo inevitable. Y ser es un asunto inevitable. De modo que esos de los que me hablaba son. Incluso por el reflejo desproporcionado que los fabrica, no te atormentes. De donde, vayamos a lo categórico e indiscutible: el espejo, como propone Gibrán. Y por el espejo puedo contemplarme de estatura baja como Napoleón o Víctor Hugo, por la frente como Sócrates o Spinoza, por la calvicie (que Dios no lo quiera) como Shakespeare, por la nariz como Voltaire o Washington, por los ojos como Nietzsche, por los labios como Aníbal o Marco Antonio…

Arquetípico, sostiene Gibrán. Cada uno de nosotros es todos los hombres. ¿La mentira confirma?, pregunté, para que se librara de la pesadumbre. Cuestión de elegir, amigo, le dije. Eso somos. Ni más ni menos.