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Un cuarto de siglo – Por Francisco Pomares

   

Esa empresa de éxito que es Binter celebró ayer su 25 cumpleaños, en un ambiente de triunfo absoluto sobre la competencia. Rodolfo Núñez recordó en unas declaraciones lo mucho que ha cambiado el paisaje del transporte aéreo desde que Iberia decidió organizar sus vuelos interinsulares en una compañía de tercer nivel. En esos años han caído una decena de grandes compañías aéreas que operaban en Canarias, entre ellas la única que intentó competir con Binter por el mercado interinsular, Islas Airways. El fracaso de Airways como línea de tercer nivel estaba prácticamente cantado desde su arranque: politización, aventurerismo empresarial, descapitalización y una gestión pésima operativa en la que -además- abundaron graves irregularidades financieras y un gigantesco fraude de las bonificaciones a la residencia. El apoyo entregado y decidido del Gobierno de Rivero no logró impedir la implosión de la compañía de su amigo Miguel Concepción, que arrastró también a su holding empresarial, dejando expedito el terreno para que Binter consolidara el monopolio de hecho que define su actual presencia en las islas. Es verdad que quienes dirigen Binter han hecho bastante bien las cosas en estos años: después de hacerse por dos duros con la compañía, en aquella sorprendente adquisición a Iberia, el esfuerzo por profesionalizarla y modernizar su estructura no se ha interrumpido. La historia de estos 25 de años ha sido también una historia de ajustes salariales, conflictos laborales y huelgas, en los que Binter actuó siempre con mano de hierro e implacable decisión. Binter supo torear la legislación europea contra la concentración comprando o creando nuevos operadores en su sistema. Se hizo con el control de Naysa, que actúa como franquicia, y puso en marcha Canair, su tercer operador, que trabaja básicamente los recorridos internos, mientras Binter se ha logrado situar -tras algún fallido experimento europeo- controlando las rutas africanas y a la conexión con los archipiélagos de influencia portuguesa. Hoy Binter cuenta con dos millones y medio de pasajeros al año (superó los tres millones antes de la crisis), y realiza 150 vuelos diarios. Se trata de algo extraordinario. Pero el reconocimiento del éxito empresarial de Binter no puede ocultar que la inexistencia de competencia es una anomalía apenas sostenible por el hábil entramado societario con el que la empresa ha logrado cubrirse legalmente de una práctica monopolista más que evidente. Una práctica que -en interés de los usuarios- tiene que acabar: Canarias no puede renunciar a un mayor equilibrio en la oferta de vuelos, y a reducir los costes del transporte aéreo para los usuarios. Y para eso es necesario que haya otras opciones.