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DEC 2014 – Por Ignacio González Santiago

   

El Debate del Estado de Canarias 2014, DEC, fue un auténtico plomo. El nuevo y desafortunado formato consiguió dormir a los 60 diputados y diputadas y a los heroicos televidentes que decidieron seguirlo por la tele canaria. El mejor resumen lo hizo el propio presidente del Gobierno, Paulino Rivero, cuando, tras su primera y larguísima intervención, de más de dos horas, me preguntó si había sido muy pesado. Le contesté sinceramente, no se sí políticamente correcto, que sí, pero que iba en el sueldo. Y es que parece que hemos asumido que el Parlamento debe ser aburrido. Una auténtica Cámara de tortura democrática en la que nuestros representantes masoquistas electos, parlamentarias y parlamentarios autonómicos, se sientan y aguantan con singular estoicismo, durante horas, unos rollos infumables, mientras los periodistas gráficos les sacan fotos, como si fueran monos y monas de circo. El obsoleto funcionamiento de los tres grandes partidos políticos en Canarias, PP, PSOE y CC, sus cerrados comités electorales, controlados siempre por los dirigentes, y las listas cerradas y bloqueadas, han desvirtuado tanto el parlamentarismo canario, que ha convertido a las diputadas y diputados en simples aplaudidores del Gobierno de turno. La carencia de una profesión o de cualquier otro medio de vida alternativo al sueldo público y la cercanía de las próximas elecciones autonómicas hizo que los aplausos finales sonaran más falsos que nunca, porque el debate fue plomizo, de escasísima altura retórica, sin contenido y muy alejado de la realidad. El presidente no compareció ante el Parlamento sino al revés, fuimos nosotros, las diputadas y diputados los que asistimos, como estatuas de sal, al pesadísimo discurso del Gobierno. El problema es que la ciudadanía no nos eligió ni nos paga para eso. Incluso, las propuestas de resolución de los grupos que apoyamos al Gobierno, nacionalista y socialista, que supuestamente indican al Gobierno lo que debe o no hacer, fueron revisadas previamente por el Ejecutivo. A mí no me gustó el debate ni me gusta el caminar del Parlamento actual: una cruel perversión democrática consentida por señorías de estómagos agradecidos. Tenemos que poner de nuevo las cosas en su sitio: la gente elige libremente a sus diputadas y diputados y éstos entre ellos y ellas al presidente o a la presidenta y no al revés. El presidente del Gobierno debe comparecer ante el Parlamento y escuchar a los parlamentarios y parlamentarias, que son los verdaderos representantes de la gente, porque si no lo hace, lo pueden cambiar. Pido al presidente del Parlamento que cambie el formato del Debate del Estado de la Nacionalidad y el Reglamento de la Cámara para que los parlamentarios y parlamentarias recuperemos libertad y dignidad para representar de verdad a quienes nos eligen, para que controlemos al Gobierno y no nos limitemos al aplauso.