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Del Suárez denostado al Suárez inmortal – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Conocí a Adolfo Suárez en 1969, siendo máximo responsable de RTVE, en un programa de debate al que me envió, recién nombrado redactor-jefe de la agencia Europa Press, mi recordado director, Antonio Herrero. Apenas cruzamos cuatro palabras, pero los recuerdos me dicen que ya entonces Suárez era un encantador de serpientes, con una simpatía innata capaz de ganarse a cualquiera. Luego coincidí con él en otros actos, pero al Suárez político lo traté a partir de julio del 75, tras su nombramiento como presidente de la Unión del Pueblo Español, UDPE, la primera gran asociación política nacida al amparo de la Ley de Asociaciones franquista.

El caso es que me tocó entrevistarle tras convenir mi director la cita con el propio Suárez, con quien a partir de entonces y durante cerca de un año mantuve una frecuente relación profesional -con las naturales y necesarias distancias entre político y periodista-, salpicada inevitablemente por algunas complicidades personales y una fácil sintonía facilitada por su carácter cautivador y su encanto personal en las distancias cortas. El Suárez de aquel tiempo ya llevaba en la sangre una vocación política irrefrenable y tenía muy claro que las asociaciones, “cumplidas las previsiones sucesorias”, tras la muerte de Franco, darían paso, desde el régimen mismo, a la “continuidad en la evolución” y al “pluralismo” de los partidos políticos, por decirlo en palabras del propio Suárez, partidario de “una estrategia reformista muy clara”.

Una promesa de futuro

Confieso que nunca me habló de que aspiraba a presidir el gobierno de España, aunque sí me dijo en varias ocasiones que era “ambicioso, legítimamente ambicioso” en sus expectativas políticas. Y que tenía muy claro “por dónde debemos caminar en democracia”. Lo cierto es que Suárez se había enviciado tanto con la política que al dejar RTVE siguió de cerca los enredos del tardofranquismo y participó incluso en algunos de ellos, sobre todo aquellos que tenían al búnker, lo más retrógrado del franquismo, como adversario a batir. De esas intrigas devino su nombramiento para presidir la Empresa Nacional de Turismo, Entursa. Esta sociedad pública, a la que accedió en diciembre del 73, gestionaba entonces doce establecimientos, entre ellos el hotel Mencey, y con un Suárez metido a empresario la verdad es que mejoró su prestigio y sus resultados. Y le dio al extinto presidente la posibilidad de conocer a los grandes empresarios y banqueros del país, además de seguir muy de cerca las luchas de poder de las distintas familias del franquismo, “que no te puedes imaginar a qué punto llegan”, apuntaba con sinceridad.
Hasta su nombramiento como ministro secretario general del Movimiento, cartera en la que sustituyó a Solís Ruiz, que a su vez había reemplazado por unos meses a Herrero -el gran valedor de Suárez desde que lo conociera como gobernador civil de Segovia-, dedicó horas y horas a ganarse a los prebostes del régimen y a participar en reuniones en las que el futuro de una España sin Franco era el tema preferido de conversación. Se idearon asociaciones, se sugirieron acuerdos, se pactaron compromisos. Con apenas 40 años, era una promesa de futuro entre los adictos al régimen, tras pasar primero por falangista y luego por franquista, como me reconoció con claridad meridiana.

Seguí durante unos meses, y me entrevisté con él no menos de diez o doce veces, los avatares del abogado de Cebreros y me sorprendió su audacia, su imaginación y su determinación de seguir ganando cotas de poder. En ese tiempo surgió su providencia amistad son Torcuato Fernández Miranda, catedrático de Derecho Político, que fue preceptor de don Juan Carlos de Borbón, vicepresidente del Gobierno con Carrero y luego presidente de las Cortes. El hombre de la trampa saducea, frase inventada para salir del paso ante una pregunta embarazosa, se enamoró políticamente de Adolfo Suárez y su nombre lo llevó a la Zarzuela, donde el entonces príncipe, que ya lo conocía, vio en él la solución para la transición española hacia la democracia. Y lo conocía, digo, porque se había encargado de relanzar la imagen del príncipe, con un plan muy medido y estudiado -supervisado en la Zarzuela y conocido por el inquilino de El Pardo-, a través de RNE y, sobre todo, TVE.

Con Arias Navarro convertido en cadáver político y destituido por el rey ante la involución del régimen tras la muerte del dictador, Fernández Miranda urdió desde la presidencia de las Cortes una magistral operación en la que en la preceptiva terna del Consejo del Reino incluyó al tapado candidato real a la presidencia del gobierno, junto a Fraga Iribarne y Silva Muñoz. De ahí su “estoy en condiciones de ofrecer al rey lo que el rey me ha pedido”, afirmación que suscitó ciertas suspicacias iniciales pero que era, en efecto, la solución alumbrada por don Juan Carlos ante la sorpresa general de la clase política… salvo el puñado de leales cercanos al monarca, que estaban al tanto de lo que se cocía entre bambalinas.

Canarias en el horizonte

Los contactos profesionales con Suárez vinieron a menos tras mi traslado a Tenerife y, salvo las corteses felicitaciones de Navidad y cumpleaños, sólo hubo dos excepciones, y las dos tuvieron que ver con los problemas que Antonio Cubillo estaba planteando al país en instancias internacionales, la OUA sobre todo, con su política en favor de la independencia de Canarias. Suárez llamó a algunas personas residentes en esta tierra, entre las que me encontraba, para conocer sus puntos de vista. Luego, con los debidos asesoramientos, diseñó una estrategia que dio los frutos que él esperaba; viajes a África, ayudas económicas, entrega de medicinas, invitaciones a dirigentes… hasta compra de voluntades, que en algún caso tuvo que acabar de pagar el gobierno de Felipe González. Pero, desactivó las pretensiones cubillistas, que contaban con no pocos adeptos entre países recién independizados, y convenció a los líderes africanos sobre la españolidad de las islas y el sentir muy mayoritario de sus gentes; algo que sucesivos enviados especiales pudieron comprobar personalmente.

Ya se ha dicho que con estas tierras atlánticas tuvo Suárez un idilio especialísimo, traducido en once viajes, visitas a todas las islas, un Plan Canarias bien dotado para obras e iniciativas varias, etc. La realidad es que al principio conocía poco esta tierra, si bien Lorenzo Olarte y algunos compañeros de partido le pusieron al día sobre algunos asuntos y lograron que se interesara por los problemas canarios con verdadero entusiasmo y determinación. “Lo más importante -confesaba a sus más cercanos- es la unidad de España, mantener lo que tanto ha costado unir”. Quiso lograrlo mediante ese café para todos en que convirtió las autonomías por culpa de Clavero Arévalo y Martín Villa, cuando lo más lógico era distinguir tan sólo a Cataluña, País Vasco, Galicia y, desde luego, Canarias por sus singularidades. Algunos así se lo dijeron, pero el proyecto no cuajó, quizás por sus propias limitaciones y por su desconocimiento de la historia de España, dada su absurda manía de huir de la lectura.

El caso es que Suárez, tras once años de ausencia mental, se nos ha ido entre los sentidos lamentos de unos, la mala conciencia de otros -que lo traicionaron y lincharon reiteradamente, incluso desde su propio partido- y el desconocimiento de muchos más. Honrado a carta cabal y siempre austero, ha sido un auténtico prócer, un patriota, un gigante, un personaje providencial, un cordero entre lobos , un animal político, el rey de la concordia y el entendimiento en momentos especialmente difíciles para el país, un hombre de Estado más que de partido, un referente firme con los fuertes y misericordioso con los débiles como recuerda Martín Villa, un político noble que buscó lo posible sin utopías y la “libertad sin ira” sin enfrentamientos ni derramamientos de sangre. Un hombre sencillo y de pueblo -lo que molestaba a muchos de sus barones y compañeros de alto copete económico e intelectual- que apostó sinceramente por la democracia tras evolucionar políticamente desde el corazón del franquismo, que perdió la confianza del rey y se fue a su casa para evitar un pronunciamiento militar o una mala salida institucional para la dificilísima coyuntura del año 81. Que se equivocó, como humano que era, al crear el CDS en vez de irse a su casa. Un dirigente, valga el panegírico, al que nada le fue fácil, aunque estaba dispuesto a pactar hasta la discrepancia.