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Dunia Ayaso – Por Luis Ortega

   

En este curioso islario donde el cine vivió pura y exclusivamente -ahora hiberna- de las subvenciones públicas y, con alguna excepción, sus artífices solo poseían, y poseen, el uniforme, la pose y el cuento de este hermoso oficio, ignoramos o minusvaloramos, por lejanía, comodidad e inconfesables pecados regionales, a quienes brillan con luz propia. Ese es el caso de Dunia Ayaso (1961-2014), fallecida el último día de febrero en un centro sanitario de Santa Cruz de Tenerife, a consecuencia de una grave enfermedad diagnosticada hace cuatro años y que afrontó con valentía y optimismo. La cineasta grancanaria fue coautora de una dignísima filmografía -seis títulos, entre ellos uno de los más taquilleros de las últimas décadas, Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí (1997)- y de destacados textos para los medios audiovisuales con los que nos enfrentaba a la divertida y absurda paradoja de la vida cotidiana. Dunia y Félix Sabroso, compañero, sentimental y artístico, socio y cómplice en sus mejores proyectos, salieron del Aula de Teatro del Instituto Pérez Galdós, de Las Palmas de Gran Canaria y, en 1992, acometieron la aventura madrileña. Inicialmente, cada cual trabajó por su cuenta pero juntos escribieron espectáculos para cabaret y salas alternativas y dos años más tarde rodaron Fea, su primera película. Entre sus mayores hitos teatrales figura La gran depresión, el disparatado vodevil protagonizado por Loles León y Bibiana Fernández. En 2003, y tras un paréntesis voluntarioso que unió notables éxitos de crítica y fracasos taquilleros, iniciaron su colaboración con El deseo, la productora del oscarizado manchego Pedro Almódovar, con el que ciertos comentaristas los relacionaron ideológicamente y rodaron Descóngelate. La última noticia profesional en torno a la pareja fue su fichaje por Mediaset como guionistas de la serie La que se avecina, una producción de consumo que, en las últimas temporadas, muestra evidente cansancio. Quedó pendiente el reto de reavivar en Telecinco las recurrentes trapacerías y las chapuceras maldades de los vecinos de Montepinar, cariotipos de los españoles medios, y el sueño de convertir su film más ambicioso -La isla interior- en una trilogía sobre la familia. Y deja, para el tribunal infalible del tiempo, destacadas obras que, por distintas razones y convenciones, no recibieron en su momento el trato merecido.