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Emeterio y Celedonio de Calahorra – Por Luis Ortega

   

Siempre se vuelve a Roma, aunque sea con el recuerdo. Y esta vez porque el dividido episcopado hispano consumó su visita ad límina al Santo Padre entre el 24 de febrero y el 9 de marzo, y encontró un clérigo piadoso, sabio y generoso, según me contó un amigo que, más por azar que méritos míos, me distingue con su afecto. Me habló con fervor de Francisco, de su capacidad de síntesis y escueta brillantez y, sin ánimo de polémica, retrató a los últimos pontífices y sus métodos de actuación y comunicación. “Juan Pablo XII alcanzó la popularidad por los grandes gestos; a Benedicto XVI, más distante, nadie puede negar el calado de su doctrina; éste, que nos regaló el Señor, enseña a diario el conocimiento de la realidad y las medidas necesarias para mejorarla”. Habían transcurrido nueve años desde la última reunión de los prelados hispanos con el Santo Padre, frustrada por su precaria salud. Ahora se añadía el interés ante la ya consumada salida de Rouco Varela del arzobispado de Madrid y la presidencia de la CEE y su sustitución por el denostado Blázquez, blanco de la derecha eclesial. Bergoglio usó, sin esfuerzo, su natural cortesía en el trato para dar una orden sin equívocos: “La renovación espiritual y misionera y una actuación que piense no sólo en los fieles sino, de modo especial, en quienes no lo son”. Si alguien tenía dudas de la firmeza del rumbo que quiere imponer a la Iglesia, las perdió ipso facto, cuando escuchó su rechazo a la persistencia machacona en la doctrina moral y su deber de salir en busca de los marginados y los excluidos. “No sólo salimos con las dudas despejadas, sino con la sensación de que, bajo su dulzura natural y ese don de gentes que le convierte en un irresistible persuasor, existe una voluntad de actualización que no se sentía desde el Vaticano II”, añade en el SMS. “Cuando acabamos una reunión sectorial, donde pudimos hablar de temas concretos, algunos compañeros, especialmente airados en sus diócesis, derrocharon prudencia y diplomacia. Esa noche -ya sabes mi curiosidad- repasé el santoral y, entre otros veinte santos y beatos, encontré a Emeterio y Celedonio de Calahorra, dos militares romanos del siglo IV que, por mencionar y defender el nombre de Cristo, fueron martirizados y nunca se desdijeron ni siquiera discutieron con sus verdugos. Educados y firmes, como Francisco. Me resultó una curiosa coincidencia en este viaje esperanzado a la Ciudad Eterna”.