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En la hora del adiós – Por Leopoldo Fernández

   

Nunca agradeceremos bastante a Adolfo Suárez su contribución a la reconciliación nacional, tras la cruenta guerra civil y la dictadura de casi 40 años, y a la restauración de la democracia. Las opiniones recogidas estos días son la mejor expresión de un más que merecido, aunque tardío y algo forzado, reconocimiento a su labor irrepetible. A Suárez muchos le querían y respetaban, pero le consideraban oportunista e intelectualmente limitado y se negaban a admitir su impagable aportación al cambio político desde la moderación y el diálogo. Es verdad que fue falangista y franquista, pero su conversión a la democracia resultó sincera y por ella luchó contra viento y marea. Estaba dispuesto -lo han dicho quienes estaban cerca de él- a dar la vida por ese objetivo desde su pasión por la política y su carácter cercano, alegre y seductor, que siempre mantuvo pese a los gravísimos disgustos que le dio la vida, sobre todo familiares. Hacia Canarias sintió una cariñosa debilidad, fruto de la cual fueron sus reiteradas visitas, su idilio con Garachico, el consejo de ministros celebrado en Tenerife y el puñado de acuerdos para realizar diversas obras. Pero donde Suárez se fajó fue en una ofensiva diplomática de calado cuando el MPAIAC de Antonio Cubillo tenía fácil acceso a las cancillerías africanas, sobre todo en países recién descolonizados, de los que había logrado apoyos para su proyecto independentista y para su posible intervención ante la asamblea general de la ONU. Con el impulso de los ministros de Exteriores, Oreja, y del de Presidencia, Otero Novas, así como de destacados políticos, entre ellos su entonces asesor, Lorenzo Olarte, se organizó un grupo de trabajo, del que formó parte el senador Alberto de Armas, que viajó en pocas semanas a 16 países, explicó la postura española sobre Canarias, entregó ayudas y donaciones -incluso compró voluntades- y consiguió revertir la situación. El intento de asesinato de Cubillo, que el mismo Suárez condenó cuando supo que estaban detrás los servicios secretos españoles, acabó por enterrar un proyecto que en absoluto contaba con el respaldo de los ciudadanos, como pudieron comprobar más tarde los enviados de la OUA que visitaron Canarias para conocer la opinión de las autoridades y del pueblo mismo. Que yo recuerde, la única equivocación de Suárez con las islas, a sugerencia del aparato central de UCD, fue apoyar la candidatura de Óscar Bergasa para la Junta de Canarias en detrimento de la de Alfonso Soriano, que resultaría ganadora con el apoyo del PSOE. De haber dejado testamento político, seguro que Suárez habría pedido a todos honradez, diálogo y consenso. Lo que España necesita hoy, como requirió los Pactos de la Moncloa en 1977.