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Explotación infantil televisiva – Por Francisco Javier León Álvarez

   

La televisión ha sustituido a las plantaciones esclavistas algodoneras sureñas de aquel Estados Unidos del siglo XIX y vivimos encadenados a historias, noticias y engaños que aceptamos de buena gana. El mejor ejemplo lo podemos comprobar con esos programas donde participa gente de todo tipo para dar a conocer sus habilidades y destrezas con el fin de ser juzgados públicamente por un grupo insulso y mediático de personas que establecen si uno vale o no para lo que hace o expresa.

Su manipulación está cobrando magnitudes insospechadas, cuyo único trasfondo es la rentabilidad económica. Telecinco se ha especializado en jugar con las emociones de las personas, removiendo hasta el fondo de sus almas para sacar a flote toda la mierda y la miseria que les rodea, sus fracasos y enfermedades, llegando incluso a ofrecer su particular concepto del amor y la amistad bajo la fórmula Tengo una carta para ti, donde priman las historias de familias destrozadas y los amores no correspondidos, creando un hálito de esperanza que hipnotiza a la clase media y baja española.

Ahora ha encontrado un filón en La Voz Kids, un paradigma de explotación infantil televisiva, con unos patrones estándares que se aplican a otros muchos programas. Así, por ejemplo, el jurado lo integra un estereotipo de cantantes cuyos gestos están perfectamente calculados y premeditados para crear la sensación de asombro y atrapar al telespectador, perceptible en mostrar a la cámara ojos desorbitados, sin olvidarnos que siempre sonríen y gesticulan positivamente sin cesar. No existe la negatividad ni el fracaso. Ellos son los que tienen el criterio de decidir qué vale y qué sobra, hasta el punto que los concursantes sicológicamente se lo acaban creyendo.

A la par, los padres están más preocupados por que sus hijos triunfen y aprendan a sobrepasar a su competidor que a enseñarles valores que les permitan crecer dignamente. Ellos también son los culpables de esta situación porque fomentan en sus hogares ese espíritu con el cual tratan de que sus primogénitos vean recompensado públicamente cualquier esfuerzo que hagan y, al fin y al cabo, la televisión solo refleja un ápice de esa actitud grotesca, sin olvidar que están embebidos de esos mismos programas para adultos gracias a la potenciación que hacen sus progenitores.

Detrás de toda esta parafernalia te das cuenta de que los telespectadores son la mano que, con su audiencia, mueve esas marionetas, mezcla entre soñadores y frágiles criaturas que no entienden la magnitud de lo que les rodea. Las cadenas de televisión hacen el resto, buscando sus debilidades para dejarlas aflorar en un concurso que lo que trata de mostrarnos es que vivimos en una sociedad neoliberal donde lo que prima es llegar antes que nadie a cualquier objetivo. Ser débil te condena al olvido.

No se trata de rechazar las aptitudes de esos jóvenes talentos, pero deberíamos ser más críticos y pensar que hay un enorme riesgo de provocar alteraciones emocionales y sicológicas en ellos, con unas consecuencias impredecibles al quedar sometidos al criterio de un jurado, condicionándoles posteriormente en su vida diaria, y todo ello por ese afán de jugar a ser mayores antes de tiempo.

¿Creen que el niño de 12 años que ganó recientemente el concurso MasterChef Junior percibirá la importancia de escribir el libro de recetas de cocina que ya él mismo ha dado a conocer? ¿Se han dado cuenta de que, buscando en Internet el nombre de La Voz Kids aparecen continua e intencionadamente fotografías de participantes llorando?

Mi madre siempre dice que aquella niña prodigio llamada Marisol, cantante y actriz en la España en blanco y negro franquista, fue un ejemplo de explotación infantil. Ahora sigue siendo lo mismo, pero en color y desgarradamente más brutal.