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sobre el volcán>

Gallegos – Por David Sanz

   

Solo el ladrido de algún perro o el croar de las ranas alteran el silencio de las noches en Gallegos. Las luces encendidas en las casas, cada vez menos, por desgracia, simbolizan que todavía queda vida en este pago de Barlovento, que siempre ha presumido de cierta diferencia con respecto a su municipio de referencia. A lo más, los paisanos apuran el último vaso de vino en el bar de Marlén o juegan la penúltima mano de dominó en la Casa de la Cultura, antes de que Olga despida la jornada. Así son las noches de Gallegos, cotidianas e invisibles, que diría Silvio Rodríguez. Transparentes como la luna que se sumerge en el océano, para trepar por el acantilado hasta mecer el sueño de los gallegueros. Hombres y mujeres hechos a sí mismos, hartos de madrugadas y de insomnios para arañarle a la tierra, tantas veces ingrata, los sueños de un porvenir mejor. Gente paciente y noble, que solo agacha el lomo para cavar las papas y sembrar el ñame. ¿Quién le iba a decir a este barrio tan chico y grande a la vez que iba a estar en el eje del huracán político que sacude a la isla de La Palma con tanta virulencia? De repente Gallegos aparece en la lavadora de acusaciones, dimisiones y disparos cruzados. Como la Transvulcania, se convirtió de la noche al día en un campo de batalla política donde lavar los trapos sucios. Precisamente las víctimas de todo este desastre que ha sido la obra de la carretera del Norte se ven en medio de una polémica que ni les va ni les viene. A uno lo que le dan ganas es de pedir que no se use el nombre de Gallegos en vano. Llevan años atravesando una carretera en unas condiciones tercermundistas, poniendo en peligro su seguridad cada vez que se tienen que desplazar fuera. Imagino que lo que les debe apetecer a esta gente es decirle a estos políticos que hagan de una vez su trabajo y los dejen en paz. Incluso, si pidieran perdón no estaría de más. Pero en la corrección y educación de la gente de campo no va el decir una palabra más alta que otra, aunque por dentro supura la herida de ver cómo se ha despilfarrado dinero en un rosario de bellas pero inútiles paredes. Y lo peor de todo es que saben que aunque se arregle el firme, la carretera seguirá siendo un peligro, porque los derrumbes de piedras cada vez que llueva van a continuar siendo una amenza para su seguridad. Para ese viaje, de verdad, no hacía falta tanto ruido.