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Gestión y progreso económico

   

ANTONIO J. OLIVERA | Santa Cruz de Tenerife

Los mecanismos mediante los cuales progresan los territorios y los países han constituido uno de los principales campos de investigación en la ciencia económica en los últimos años. La preocupación por los factores que pueden cambiar la dinámica de crecimiento de un país constituye una piedra angular sobre la que apoyar la respuesta a múltiples interrogantes socioeconómicos, como, por ejemplo, ¿qué podemos hacer para mejorar la calidad de vida de nuestros ciudadanos?; ¿cómo podemos crear empleo para toda la población activa?; ¿de qué forma podemos combatir la pobreza?

El progreso económico se ha convertido en la respuesta a muchas aspiraciones dado el resultado extraordinario que ha producido en economías más avanzadas en los últimos 250 años. Ha sido un proceso sin parangón en la historia de la humanidad y un salto hacia delante tan importante que, en buena lógica, su comprensión había de convertirse en una de las prioridades de la economía.

El estudio de los procesos de crecimiento económico ha manifestado una gran vitalidad en los últimos 60 años. Y se han aprendido muchas cosas. La acumulación de capital físico (infraestructura, edificios, instalaciones y maquinaria), de capital intangible (software, patentes, conocimiento codificado, recetas…) y de capital humano, entendido como la cualificación y el conocimiento adquirido por los trabajadores, constituye uno de los dos pilares básicos del crecimiento económico. El otro viene definido por la eficiencia con la que se combinan esos tipos de capital para generar valor añadido más allá de su simple acumulación, lo que se conoce técnicamente como productividad total de los factores.

Precisamente, la gestión constituye uno de los principales factores explicativos de la evolución de la productividad total de los factores y, como consecuencia, un determinante clave del progreso económico. A pesar de que esta es una intuición que ha estado presente desde hace muchos años en el análisis económico, no es menos cierto que ha tenido el riesgo de convertirse en una idea que se sostenía más por su lógica apariencia que por sus contrastados resultados.

Desde luego que es razonable compartir que el talento que puede tener el administrador de una empresa a la hora de de organizar el trabajo y de incentivar a los trabajadores para que estén motivados, o el trato que tengan con proveedores y hasta con los clientes, puede suponer la diferencia para que una organización triunfe. ¿Pero qué pruebas tenemos de que esto es realmente así?

Me parece fascinante comprobar que no ha habido estudios macroeconómicos rigurosos sobre esta cuestión hasta hace bien poco. La ausencia de información económica detallada a escala de la empresa impedía hacer contrastes estadísticos robustos sobre las diferencias detectadas entre las unidades productivas, algo básico para poder sacar conclusiones en esta materia.

Por otra parte, se requería una forma de definir o de identificar qué podíamos considerar prácticas de buena gestión. Una vez se logra aislar este asunto, habría que desarrollar algún mecanismo para recoger esta información de forma individualizada por empresas, para realizar las comparaciones oportunas.

La reciente irrupción de estadísticas sobre productividad empresarial, de paneles de opinión internacionales sobre prácticas de gestión y de proyectos de investigación ideados específicamente para dar respuesta a esta cuestión ha permitido realizar importante avances en el conocimiento sobre la influencia de la gestión en el progreso económico.

grafico1 Relacion del PIB por habitante y la capacidad de innovación

Una primera fuente de información relevante la podemos encontrar en los informes anuales sobre competitividad del World Economic Forum. A partir de la recopilación de opiniones de directivos, profesionales y funcionarios de un amplísimo grupo de países, se pueden establecer algunas relaciones de interés entre la confianza que depositan las empresas de un país en los administradores profesionales y algunos indicadores macroeconómicos de relevancia, como su producto interior bruto (PIB) por habitante o la capacidad de innovación. La información disponible (véase el gráfico I) para el año 2013 indica que efectivamente existe una relación positiva entre estas variables, lo que puede considerarse una primera aproximación a la cuestión que estamos estudiando.

El enfoque anterior, no obstante, tiene sus limitaciones, pues se basa en el concepto de confianza en la gestión profesional, pero no es una prueba válida sobre el cumplimiento de criterios que avalen lo que se entiende por una buena labor de gestión. Para suplir esta carencia, tenemos la suerte de contar con un programa de investigación lanzado en 2007 por los economistas Nicholas Bloom (Universidad de Stanford) y John Van Reenen (London School of Economics). El objetivo que se han planteado es responder a la siguiente pregunta: ¿es más probable que una organización tenga éxito si adopta buenas prácticas de gestión?

Como ya hemos señalado, resulta básico para dar respuesta a este interrogante definir qué se entiende por buenas prácticas. En este sentido, los autores han realizado una amplia encuesta a miles de organizaciones sobre si han seguido tres tipos de conductas que se consideran elementos esenciales de la buena gestión: 1) la definición de objetivos a largo plazo y el establecimiento de referencias alcanzables en el corto plazo; 2) la existencia de incentivos positivos para los miembros de la organización que mejor contribuyen a sus logros y de medidas correctoras sobre aquellos que no lo hacen, y 3) la recogida y análisis de información para estudiar el comportamiento y evolución de la actividad de la organización.

En función de las respuestas a estas cuestiones, se elabora un índice por cada empresa de la muestra. El estudio se ha desarrollado hasta la fecha en un total de 20 países, entre los que lamentablemente no está España, aunque se incorporan algunas de las economías más avanzadas del planeta (Estados Unidos, Alemania, Suecia, Japón…), economías intermedias (México, Polonia, Chile, Grecia…) y países aún en fase de desarrollo (China e India).

Las conclusiones de esos estudios son interesantes, aunque, en cierto modo, esperadas. Lo primero que detectan es que son muchas las empresas de todo el mundo que están muy mal gestionadas. En segundo lugar, han certificado que las empresas que desarrollan prácticas de gestión más adecuadas son normalmente las más productivas, las más rentables y las que mayores probabilidades de supervivencia presentan. En tercer lugar, la gestión juega un papel de gran relevancia a la hora de explicar diferencias en los niveles de progreso económico entre países.

grafico2 Buenas prácticas de gestión y PIB por habitante

Estos análisis apuntan a que las diferencias en las prácticas de gestión explicarían aproximadamente una cuarta parte de la diferencia detectada en la productividad total de los factores entre Estados Unidos y Europa (gráfico II: Relación positiva entre buenas prácticas de gestión y PIB por habitante). Estas conclusiones son especialmente relevantes si las ponemos en relación con todo lo que hemos venido aprendiendo en los últimos años sobre heterogeneidad empresarial. Los esfuerzos por recabar información cada vez más detallada han generado conocimiento acerca de la existencia de enormes y persistentes diferencias en productividad entre empresas, incluso cuando la comparación se realiza entre las empresas de sectores de actividad muy específicos. Este aspecto ha desarmado la creencia tradicional de que las mayores diferencias de productividad interna en una economía se producían entre sectores, para indicar que las principales diferencias de productividad se producen entre las empresas independientemente del sector al que pertenecen. Sabiendo, por tanto, que la gestión empresarial tiene tanta influencia sobre la productividad, desde luego que este asunto debe situarse en una escala de relevancia en política económica superior al que hoy en día tiene.

La razón es sencilla. La forma más eficaz de lograr impulsar el progreso económico de un territorio consiste en diseñar las medidas adecuadas para que un grupo importante de las empresas que presentan bajos niveles de productividad, se aproximen cada vez más a las que se caracterizan por justo lo contrario. Y una medida concreta para lograr este resultado es trasladar a las empresas de peores resultados cambios en la gestión que ayuden a mejorar su productividad.

Cuando nos concentramos en el caso particular de Canarias, lo primero que sorprende es que el debate sobre la calidad de la gestión ha estado prácticamente ausente del terreno de la reflexión pública. Quitando algunas contadas excepciones, como los escritos realizados por Federico Aguilera Klink (catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Laguna), el cuestionamiento sobre la capacidad de los agentes económicos canarios para gestionar mejor sus recursos y sus organizaciones sólo ha estado presente cuando se ha llevado al terreno de lo público: la crítica a los políticos por cómo se gestionan los organismos y empresas públicas ha sido la única arista que ha rozado este planteamiento. La exigencia sobre la gestión privada, sobre la que muchos más tenemos responsabilidad, ha sido escasa y poco incisiva.

Podría argumentarse que la ausencia de este debate obedece básicamente a la inexistencia de información válida para poder extraer conclusiones. Ciertamente, como célebremente exigía Sherlock Holmes, “datos, datos, datos… ¡No puedo hacer ladrillos, sin arcilla!”. En las líneas anteriores hemos incidido precisamente en que, por muy trivial que puedan parecer las conclusiones y hasta que no aportamos una prueba bien documentada, no dejan de ser intuiciones, mitos o ideas felices.

El caso de Canarias

Sin embargo, en Canarias contamos con una fuente de información muy preciada y, por cierto, poco empleada, que nos permite abandonar el campo de los “posiblemente” para entrar con paso firme en el ámbito de las certezas. Se trata del Informe de la productividad empresarial canaria, elaborado en el año 2007 por las Cámaras de Comercio de Canarias y la consultora Regenering. En éste se sintetizan los resultados de un importante proceso de recogida de información a través de encuestas telefónicas a administradores de empresas canarias sobre la aplicación de políticas o medidas para la mejora de la productividad de sus empresas; es decir, medidas para el impulso de buenas prácticas de gestión.

Los resultados obtenidos son muy amplios, pero no es necesario realizar un análisis excesivamente profundo para extraer conclusiones de gran interés. En primer lugar, el estudio concluye que ¡el 65%! de las empresas canarias encuestadas no desarrollaban ninguna práctica de gestión encaminada a mejorar sus resultados (productividad). Por el contrario, el 16% había implementado alguna medida de forma ocasional y el 19% lo hacía de manera continua. Por tamaño de la empresa se observa que en las empresas de más de 50 trabajadores suele ser mucho más frecuente la aplicación de medidas para mejorar los resultados, pues el 55% lo hace, ya sea ocasional o continuamente. Sin embargo, las empresas de menos de 10 trabajadores manifiestan los índices más discretos, con sólo el 35%.

Lamentablemente, se trata de resultados que se han obtenido para un solo año y para una comunidad autónoma. Sería muy interesante convertirla en una publicación más frecuente que permitiera contrastar si las empresas que más se preocupan por mejorar su productividad son las que mayores beneficios obtienen, crean más empleo, pagan mejores salarios, sobreviven mejor a las crisis económicas y se internacionalizan con más éxito.

Las respuestas a los grandes dilemas casi siempre están en los textos. Siendo robusta la clara relación existente entre buena gestión y progreso económico, conociendo lo manifiestamente mejorable que resultan los modelos de gestión en Canarias y sufriendo las carencias de desarrollo que presenta el Archipiélago…, pues eso.

Antonio J. Olivera es DOCTOR EN ECONOMÍA POR LA UNIVERSIDAD DE LA LAGUNA