X
aVISOS POLÍTICOS>

Golpes de Estado – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Nuestro ministro de Asuntos Exteriores ha comparado el referéndum de Crimea con el proyectado referéndum independentista de Cataluña. En un primer momento aseguró que existe un paralelismo “absoluto” entre ambos, y después se sintió obligado a matizar sus palabras y a explicar que el paralelismo entre las dos consultas consistía en que en los dos casos se vulnera las Constituciones respectivas, la ucraniana y la española. Los miembros de este Gobierno, incluyendo su presidente, se caracterizan por rectificar y matizar constantemente sus declaraciones, y en ocasiones las de algún compañero de Gabinete, que no se atreven a mantener, lo que no contribuye precisamente a mejorar su imagen pública y la opinión ciudadana que suscitan.

Sin embargo, en este caso sea bien venida la matización, porque ha servido para que, por fin, un miembro del Ejecutivo deje de usar el eufemismo “ilegal” y diga con claridad que lo que pretenden los nacionalistas catalanes vulnera la Constitución; aunque García Margallo no se ha atrevido a añadir que es un atentado anticonstitucional que agrede a la Ley Fundamental y dinamita sus fundamentos. En realidad, los dos referendos son auténticos y genuinos golpes de Estado, uno consumado y otro en grado de tentativa.

Las declaraciones del ministro han sorprendido a los socialistas, nacionalistas catalanes y compañeros de viaje tirando piedras y escondiendo las manos. Y se han apresurado a hacerse los escandalizados y a criticar acerbamente al responsable de nuestra diplomacia y, cómo no, al Gobierno y al Partido Popular, a los que, una vez más, han acusado de no dialogar con los separatistas, y de “crispar, elevar la tensión y promover el enfrentamiento” por equiparar ambas situaciones. Solo Rosa Díez reconoció el paralelismo entre los dos procesos.

Paralelismo y no igualdad, añadimos nosotros, porque Rusia invadió militarmente Crimea, si bien con tropas encubiertas o disfrazadas de fuerzas de autodefensa, y el referéndum se celebró en un clima de coacciones y amenazas en contra de los que se atrevían a reivindicar a Ucrania. Nada menos que algo más de veinte mil soldados rusos entraron en Crimea, tantos como todo el ejército de tierra ucraniano, del que su propio ministro de Defensa reconoce que tan solo unos seis mil efectivos son operativos.

Por el contrario, pase lo que pase, España no va a ocupar militarmente Cataluña ni Mariano Rajoy se va a atrever a aplicar el artículo 8 de la Constitución, que dispone con absoluta y rotunda claridad que nuestras fuerzas armadas tienen la misión de defender la integridad territorial de España y su ordenamiento constitucional. Tampoco se atrevió el portavoz popular en el Congreso de los Diputados a sostener ni siquiera las matizadas palabras de García Margallo, y se dedicó a insistir en las divergencias entre las dos consultas. Es evidente que sufrimos un Gobierno y un partido gobernante con un intenso complejo de inferioridad.

Otra diferencia entre Crimea y Cataluña es la historia. En contra de lo que cabría esperar, todo nacionalismo tergiversa la historia e inventa el pasado, que reescribe de continuo al compás de sus intereses. Y los nacionalistas catalanes no son menos. Por eso ocultan que Cataluña en cuanto tal nunca ha sido Cataluña. Ha sido el condado de Barcelona, que se unió a la Corona aragonesa con el conde Ramón Berenguer IV. Aragón, en contraste con Castilla, era una Corona descentralizada en unidades diferenciadas, que la constituían, y en ella Cataluña era el condado de Barcelona. Nunca fue un Reino con personalidad independiente y propia dentro de la Corona aragonesa como lo fue Valencia.

Por eso entre los títulos tradicionales asociados a la Corona española están los de rey de Valencia y conde de Barcelona, pero no el de rey de Cataluña, porque ese Reino nunca existió. Tampoco existió nunca ningún Principado de Cataluña como ente político territorial, denominación meramente simbólica que algunos utilizan interesadamente.

Por el contrario, Crimea fue siempre un territorio ruso. Los habitantes originarios de Crimea fueron los tártaros y no los ucranianos, aunque la intensa inmigración rusa afectó a la composición demográfica de la península. Stalin acusó a los tártaros de colaboracionismo con los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y los deportó al Asia Central, al tiempo que favorecía la repoblación por rusos, y solo a su muerte Moscú permitió que los tártaros regresaran. Hasta ese momento Crimea formaba parte, dentro de la Unión Soviética, de la República de Rusia y no de la República de Ucrania, a la que fue transferida en 1954.

Por eso la actual población de Crimea está compuesta en más de un sesenta por ciento de rusos; en un veintidós por ciento de ucranianos y en torno a un doce por ciento de tártaros. Estas cifras pueden explicar en cierta medida el resultado del referéndum, en cuanto ese resultado sea creíble, y la escasa lealtad de la mayoría de la población de Crimea al Gobierno de Kiev. Es un problema que se repite en todas las regiones y las ciudades orientales ucranianas.

Los nacionalistas perpetran golpes de Estado ideológicos en contra de la Historia. Y, no contentos con ello, también organizan golpes de Estado reales con apariencia de referendos democráticos.