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La guerra por el gas – Por Juan Manuel Bethencourt

   

No sin sorna, un amigo me comentaba ayer que en Rusia han tardado menos en anexionarse Crimea de lo que tardamos los ayuntamientos canarios en dar vía libre a una licencia de obra menor. Es lo que tiene la diplomacia de los hechos consumados: a largo plazo puede generar problemas irresolubles, pero a la corta es una cosa infalible. La secuencia ha sido más o menos la siguiente: primero, ocupación de espacios clave en la península de Crimea por parte de fuerzas armadas rusas que, gran novedad en la historia militar, no portaban distintivo alguno; segundo, convocatoria de un referéndum para promover el retorno a Rusia, con fechas que se van adelantando sucesivamente, hasta hacerse irreversible, sin censo electoral verificado ni, por supuesto, ese engorro llamado campaña electoral; tercero, celebración de la consulta, con el resultado previsible; cuarto, declaración oficial de la anexión en un clima de euforia nacionalista y recuperación de las esencias rusas de gran potencia, amamantadas durante siglos y con regímenes políticos de lo más diverso. Esto es lo que hay. ¿Y ahora qué? Pues muy poco va a poder hacer Estados Unidos, salvo las consabidas sanciones que, al estar localizadas en el ámbito personal, tienen muy poco efecto. Otra cosa es articular una guerra económica a gran escala, algo que efectivamente el mundo occidental puede hacer, aunque solamente produciría efectos a largo plazo; ahí está la Guerra Fría como experiencia con los mismos interlocutores. Ocurre sin embargo que en particular Europa anda muy mal pertrechada para afrontar el actual desafío del zar Putin. Un tercio del gas natural que consume la UE viene de Rusia, y ese porcentaje es más elevado en el caso de Polonia, Chequia, Hungría, incluso de Alemania. ¿Vamos a decirles desde España que pasen frío en invierno porque nosotros el gas natural lo compramos en Argelia? Ahora mismo es imposible que la Unión Europea se ponga de acuerdo sobre este asunto, y bien que lo saben los polacos -la experiencia histórica de éstos con Rusia es, digámoslo así, no muy buena-, que trabajan con denuedo por su propia independencia energética fomentando la búsqueda de recursos propios a través del fracking, técnica controvertida que gana apoyos gracias a la geopolítica mundial. La nueva guerra de bloques responde a la dinámica por el control de los hidrocarburos, y su eje ya no está en Oriente Medio, sino en otras latitudes: Asia Central, Brasil y, sí, también la cornisa occidental africana. Lo que ocurre con Crimea nos puede terminar afectando. Mientras tanto, nadie podrá robarle a Putin estos días de gloria. Como dice la primera ley de Robert McNamara sobre la política, la racionalidad no va a salvarnos.

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@JMBethencourt