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Juan Guas – Por Luis Ortega

   

En 1390, por orden directa y en lugar especialmente elegido por Enrique II de Castilla (en Rascafría y junto a la ermita de Santa María del Paular) se inició la primera obra de cuantas promovió en España la Orden de la Cartuja, dedicada a la contemplación y fundada por Bruno de Colonia en 1084. Durante cuatro siglos y medio (hasta 1840) figuró entre los grandes conventos del sur de Europa. El complejo integró tres edificios, el cenobio, la iglesia y el palacio real y en él trabajaron los mejores artistas del periodo: Rodrigo Alfonso (que también intervino en la catedral de Toledo), el morisco Abderramán, autor de los elementos gótico-mudéjares y el bretón Juan Guas (1430-1496), autor de una docena de obras entre templos y castillos y, en este conjunto, del atrio, del impresionante claustro, que incluye un templete octogonal que cubre una fuente y, sobre todo, del magnífico retablo mayor, tallado en alabastro con expresividad y delicadeza por el maestro francés y su cuadrilla de discípulos, en la última década del siglo XV, que recrea diecisiete escenas bíblicas. Isabel la Católica dio un extraordinario impulso a las mejoras, entre las que se cuentan la extraordinaria reja que separa a los religiosos de los fieles, forjada por el cartujo Francisco de Salamanca. Las aportaciones del siglo XVI se concretan en labores de Juan y Rodrigo Hontañón que, además de elementos interiores, resolvieron la comunicación de los tres inmuebles, y en la fábrica de los dos coros, magníficas sillerías talladas por el segoviano Bartolomé Fernández. Por último y, como aspecto singular e historia para otro día, figura la colosal serie de pinturas del florentino Vicente Carducho (1576-1638) que, en un periodo de seis años, pintó cincuenta y cuatro grandes telas para cubrir todos los huecos de fábrica del área claustral. Con la desamortización de 1835, desaparecieron los bienes muebles y en una labor ciertamente épica -que contó con la buena disposición del Museo del Prado y de la archidiócesis madrileña- fueron recuperados para el complejo sometido a una profunda restauración, cuyo proceso constituye una exposición permanente del mayor interés. En el impresionante paisaje de la Sierra de Guadarrama, el Monasterio de Santa María del Paular, abadía benedictina desde 1954, es un lugar de obligada visita, tanto como centro devocional como artístico y un ejemplo encomiable de recuperación patrimonial que debería aplicarse, con rigor y urgencia, en otros territorios.